Nietzsche, Heidegger, Coltrane

Frans van den Broek

Es sabido que el ex-fumador suele despreciar al que aún fuma y es poco tolerante con el humo del cigarrillo, así como no es extraño que el cristiano renacido de muchas denominaciones evangelistas se convierta en un moralista puntilloso y cucufato que mira por sobre el hombro a quien no comparta sus creencias y se comporte como él mismo lo hacía antes de su transformación. A diferencia de estos y otros conversos y ex-adictos, he procurado mantener una actitud ecuánime o al menos no tan injusta para con algunas de las viejas aficiones que no forman ya parte de mi repertorio de apegos y manías. A fin de cuentas, en su momento tuvieron su función, aun cuando no fuera más que para hacernos pasar el rato con menos aburrimiento o angustia, y han sido en parte responsables de que seamos lo que somos, cualquiera los resultados y fuera cual haya sido su peligrosidad o estupidez.

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Vassily Grossman: conciencia y destino en tiempos de miseria

 

Frans van den Broek

Ante obras maestras como «Vida y Destino» del escritor ucranio-ruso Vassily Grossman, es fácil descender al cómodo universo de los lugares comunes o al más cómodo aún de las hipérboles, y esto por varias razones. Uno comprende, al escribir sobre ellas, que es imposible hacerles debida justicia y que la afamada cortedad de las palabras es, en estos casos, cualquier cosa menos una metáfora vacía. Uno siente instintivamente que regalar a estas obras con epítetos gastados y frases hechas, sirve no sólo para saciar la natural ociosidad del pensamiento, sino también al propósito de adocenar una obra cuya vastedad de ejecución y de temática puede abrumar la conciencia más curtida o el espíritu analítico más objetivo. Pero sobre todo, las experiencias que relata Grossman son, literalmente, de carácter tan extraordinario que poco en nuestra experiencia personal puede evocarse en ayuda de su comprensión y propio enjuiciamiento.

 

Me refiero, claro está, a la experiencia personal de los habitantes de la Europa del Oeste contemporánea, pues supongo que muchas de las experiencias comunes de los habitantes de la Europa que cayó bajo el dominio de la Unión Soviética serán parecidas o análogas a muchas de las experiencias relatadas por Grosmman en esta y otras obras. Pero cada vez menos, por supuesto, ya que la generación que vivió la guerra fría irá poco a poco desapareciendo para dar lugar, por suerte, a una generación nueva en cuyo repertorio de vivencias no figurarán las colectivizaciones, los arrestos, las torturas, las denunciaciones, las cobardías o los actos valerosos que forman el tejido experiencias de «Vida y Destino». Y espero que no figure jamás la experiencia universal y sin embargo siempre extraordinaria de la guerra, el horror inimaginable de las matanzas sin parentesco que tuvieron lugar durante la Segunda Guerra Mundial.

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Cartas fiñolesas (2)

Frans van den Broek 

                                                                      I

 

Siempre voy a Finlandia como quien emprende un peregrinaje. Utilizo esta palabra con la cautela que requieren los préstamos de términos religiosos, pero es difícil encontrar otra palabra que concentre la riqueza semántica que quisiera evocar al describir las visitas que hago a mi hija cada tres o cuatro meses. Esta riqueza supone la existencia en nuestra vida de aspectos a los que no cabe sino cualificar de sagrados y quiero creer que uno de los ámbitos que más merecen esta cualificación tiene que ser el amor paterno-filial, por lo menos en lo que atiene a sus características más esenciales, aquellas que nos comprometen de modo más intenso y que afectan aquella zona de nuestro ser, cualquiera que fuera, que es responsable de nuestras virtudes más nobles y nuestras aspiraciones más humanas, allende las imperfecciones a las que este tipo de relación también es susceptible. Es difícil imaginar qué otro tipo de relación humana se podría acercar a esta cualidad cuasi numinosa, aunque soy parcial en este juicio y sé que la abnegación y la entrega se dan en todas partes y en mucha mayor medida de la que reconocemos de modo cotidiano. La miseria moral también existe, sin embargo, y en medidas que nadie puede exagerar, pero la comprobación de estos polos de experiencia primaria es quizá la base para la distinción que se ha hecho desde tiempos inmemoriales entre un ámbito de lo sagrado y otro de lo profano. Nuestro mundo moderno es un mundo desacralizado, y con muy buenas razones, si pensamos en el avance de la ciencia y en el antiguo monopolio ilegítimo de lo sagrado por instituciones de poder, como la Iglesia o los estados teocráticos, que hicieron de lo sagrado letra muerta y simple instrumento de condicionamiento y opresión. Pero es propio de toda vida humana, al menos de toda vida humana que ha podido acceder a un normal desarrollo psico-social -que no ha sido abotargada por la indigencia, la injusticia, el totalitarismo-, el reconocer en este universo profano ciertos ámbitos de experiencia que se distinguen del común por una mayor intensidad, o profundidad, o fulgencia interior (las palabras padecerán siempre cortedad ante estos fenómenos) y que nos impelen a considerarlos superiores, pertenecientes a otra dimensión de existencia y que quisiéramos que funjan de referencia o de marco mnémico con el que orientarnos en medio de la confusión o grisura de los hechos. Habrá quienes consideren al arte y sus emociones el mejor candidato para merecer reemplazar lo sagrado religioso, otros han visto en ciertas ideas políticas la expresión del destino más sagrado del hombre, como el marxismo o el nacionalismo, y habrá muchos que han concedido a la tarea científica el honor de esta denominación, si bien usando términos distintos al de lo sagrado. Como fuera, siempre he preferido mitologías más humildes y experiencias más elementales, y es por ello que reservo el término para mi simple amor paternal, para las fugitivas risas de mi niña, para sus abrazos y cantos, para mis cortos días cerca del círculo polar ártico. No sólo para ellos, pero recién llegado de nuevo a su tierra no puedo evitar la comparación y recordar que son pocas las experiencias que nos hacen sentir que la vida no es sólo una labor farragosa que se acaba demasiado pronto y en la que es poco lo que podemos hacer para encontrar significación o altura, sino un viaje también, una peregrinación hacia nuestros lugares sagrados, que pueden estar donde uno menos lo esperaba o tan cerca como el aire que uno respira.

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Activarse o morir – o de estado, empresa y desempleo

(Debate Callejero ha decidido, a pesar del terrible atentado de ayer, publicar el artículo que estaba previsto para hoy. No quiere darle a la banda terrorista Eta el protagonismo que tan desesperadamente busca. Esto no implica, por supuesto, que el debate de hoy no se refiera a ese hecho).

 

Frans van den Broek

 

La cuestión de hasta qué punto el estado, o algo que funja como tal, deba inmiscuirse en la vida de los individuos es quizá tan vieja como la humanidad. Puedo imaginarme sin demasiado esfuerzo a un consejo de ancianos deliberando sobre el castigo que merecerían los disolutos jovenzuelos de su día por atreverse a cazar más mamúts que los permitidos por las ancianas costumbres de la tribu, como puedo imaginar a los jóvenes de entonces justificando sus lanzas de más en la necesidad de adaptarse a los glaciares en retirada, poniendo en entredicho la testaruda intromisión de los ancianos (esto me recuerda que uno de los escritos más antiguos, una tablillas sumerias, se quejaban en términos notablemente modernos de la falta de respeto de los jóvenes rebeldes. Al parecer, ciertos temas son, de hecho, intemporales y universales). Como sabe cualquier sociólogo, historiador o politólogo –en verdad, cualquier ciudadano informado- la cuestión está lejos de haberse dirimido con claridad y es casi imposible que lo sea a gusto de todos, y las respuestas a este espinoso y tan humano problema sirven a menudo para clasificar las posturas políticas de partidos y personas. Una menor incidencia del estado en la vida del individuo es postura que suele asociarse con una visión conservadora en política, mientras que una ingerencia mayor del estado para asegurar la prevalencia de una mayor igualdad social es opinión de quienes suelen estar asociados a la izquierda. Pero esta clasificación es tosca, y admite todo tipo de refinamientos y matices, cuando no sorpresas y hasta entuertos. Mal haría el que escribe en intentar desbrozar lo que generaciones de expertos no han podido sino enramar más todavía, por simple ignorancia y discreción, pero quisiera compartir con el lector un ejemplo modesto, que extraigo de mi propia experiencia profesional –felizmente ya pasada-, en el que me parece que la falta de comprensión de este dilema está en operación, y en el que la confusión entre ideología y realidad obnubila el más simple sentido común.

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Heddy Honigmann y sus mundos

Frans van den Broek

 

La directora peruano-holandesa Heddy Honigmann acaba de estrenar en Holanda su última película, ‘El Olvido’, la cual tuve oportunidad de ver hace unos días. No son muchas las ocasiones en que salgo del cine verdaderamente conmovido o en que he debido enjugar alguna lágrima durante la contemplación de una película, pero las obras de esta directora han sido el origen de más de una de aquellas ocasiones. En este caso último, el tema se prestaba a despertar mi sentí mentalidad, ya que la película transcurre en Lima, donde viví desde mis dos o tres años hasta que me fui a Europa dos décadas después, y es ciudad con la que es fácil tener una de esas relaciones de amor y odio que pueblan la literatura y el alma de muchos sudamericanos. La película, además, es un documental, como la mayoría de las películas de esta directora, y las personas que aparecen en ella son casi todas gente marginal, olvidada –de dónde procede el título, en parte-, que logra sobrevivir gracias a aquellas facultades humanas que distinguen al ser noble del ser bárbaro: la esperanza y la imaginación.

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Hoy hace dos años. ¡Feliz cumpleaños!

TODOS LOS ARTICULISTAS DEL SEGUNDO AÑO DE DEBATE CALLEJERO

Aitor Riveiro
Dos años y todavía no hemos arreglado el mundo. Y mira que contamos en Debate Callejero con mentes preclaras, inteligencia colectiva para dar y tomar, comentaristas de lujo que saben de energía, política nacional, política internacional, geoestrategia, economía, sanidad, educación, demoscopia, literatura (de la buena y de la barata), fútbol y Rock&Roll. Pero nada, no hemos conseguido influir lo más mínimo en lograr que el planeta sea un lugar más apacible para seres humanos y demás fauna.
Sin embargo, no son dos años tirados por la borda o desperdiciados. En todo este tiempo hemos pasado (yo por lo menos) muchas más horas en Debate Callejero que en muchas otras páginas de Internet; he leído más en profundidad muchos artículos de este ‘blog’ que los reportajes de los mejores periódicos de este país; he aprendido más gracias a los comentarios que se hacen en DC que en muchas tertulias de radio o televisión.
Muchos gurús de la nueva era de la comunicación predicen para 2009 el final de eso que llaman la blogosfera en una suerte de ‘big crunch’ que acabará con la inmensa mayoría de los blogs de Internet. No creo que pase con Debate Callejero, donde lo importante no es la relevancia, tener muchas o pocas visitas, más o menos comentarios. Pero si pasara, sería una auténtica lástima y yo no sabría que hacer por las mañanas mientras desayuno.
Espero veros a todos aquí dentro de un año.

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Cartas Fiñolesas (1)

Frans van den Broek 

 

I

 

A mi heredad genética y cultural mestiza, en la que confluyen vaya uno a saber cuántas sangres y legados –dado que ni el europeo más ‘puro’ ni el indio más ‘auténtico’ dejan de ser a su vez otras tantas mezclas sobre mezclas-, puedo añadir el hecho de tener una hija finlandesa y afincada en Finlandia, cuya madre es originaria de aquel bello país. La madre, faltaba más, es también una mezcla de ancestros suecos y fineses, y hasta hay un lejano ancestro holandés perdido por allí entre los bosques y los lagos en busca de fortuna y de mujeres, abundantes estas últimas tras las guerras y pobrezas que decimaron a los hombres en el pasado. Y no me extrañaría que alguna gota de sangre eslava se haya colado en sus venas, tras tantos años de dominio ruso, aunque no puedo aseverarlo. No me pregunte el respetable cómo es que llegué a hacerme padre de una adorable finesa, hoy de 11 años, pues tendría que acudir a los viejos conceptos del azar y la necesidad, sin saber en realidad dónde aplicarlos ni por qué. Si menciono este hecho es sólo para indicar la razón de mi interés por Finlandia y de que visite el país con bastante regularidad, cada tres o cuatro meses, y de que, a raíz de este contacto, haya llegado a saber algo de su historia y de sus gentes. Lo menciono, además, como una prueba más de la fragilidad de las identidades nacionales en el mundo globalizado de hoy en día, prueba modesta tal vez, pero simbólica en alguna medida del mundo que se aviene, y como una acotación al margen sobre la obsolescencia relativa de las identidades étnicas, las cuales me parecen cada vez más ficticias, cuando no francamente absurdas. Si le preguntaran a mi hija, como hicieron conmigo al llegar a Holanda –por primera, pero no última vez en mi vida- a qué categoría étnica se considera perteneciente, me temo que o bien tendría que apelar a muchos guiones o paréntesis, o a muchas horas de terapia. Claro está, ella se siente finlandesa, por la sencilla razón de que esa es su patria y allí transcurre su vida, pero los idólatras de las tribus jamás se contentan con ello. Y en su propia patria hay lealtades divididas, entre la comunidad finlandesa mayoritaria y la minoría de habla sueca. Pero sobre esto hablaré en otra ocasión. 

 

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Berne en Miraflores

Frans van den Broek

 

No recuerdo si la lectura de los libros del Dr. Eric Berne me incitó a pensar en uno de los cuentos de Julio Ramón Rybeiro o si alguna relectura del cuento me evocó los libros del Dr. Berne, pero el caso es que en mi universo mental ambos han estado desde ya hace un buen tiempo amaridados. La primera pregunta que probablemente el lector español de hoy en día se haga es quién es este Dr. Berne, un nombre que en otros tiempos y sobre todo en otras latitudes generaba inmediato reconocimiento. Quizá aún lo genere en España, no lo sé, pero me temo que sus doctrinas y métodos han sido relegados al espacio que ocupan las terapias alternativas o a los áridos homenajes de las historias de la psicología. Para quien no esté en el hábito de reconocer este nombre, indicaré algunos rasgos básicos que también me servirán en los comentarios posteriores.

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Un judío musulmán entre Oriente y Occidente

Frans van den Broek

 

 

Quiso la casualidad -pero alguna vez me dijo un poeta cum profesor de yoga peruano que el azar era una suposición elegante, pero insustancial, y Nietzsche reflexionó a su vez que los libros que necesitábamos se atravesaban misteriosamente en nuestra vida- que cayera en mis manos un libro de cuya existencia no había tenido ni idea hasta el momento fortuito de encontrármelo en un mercadillo de libros usados de Amsterdam. No hubo más razón para escogerlo que el título (que coincidía en principio con uno de mis intereses más fieles), un breve repaso de la contratapa, y mi compulsión a comprar cuanto material escrito presente perspectivas de entretenimiento y tal vez algo de saber. El libro, según pude descubrir después, había sido recibido con aclamación por la crítica en varias lenguas, pero había eludido mi atención por completo. Quizá mejor así, porque pude leerlo justo en momentos en que el Cáucaso volvía a ser motivo de preocupación internacional a raíz del conflicto militar entre Georgia y Rusia, y su lectura me sirvió de contrapunto adecuado para comprender mejor las raíces de un problema que desafía no sólo la capacidad de análisis de los así llamados expertos, sino, sobre todo, de los mismos implicados. Se trata de ‘El Orientalista’ de Tom Reiss, editado en España, según me informa la página web del autor, en Anagrama. A su vez, la lectura de este libro me impulsó a comprar cuanto antes la novela ‘Ali y Nino’ del escritor musulmán Kurban Said, por razones que el lector comprenderá de inmediato. A estas dos obras quisiera dedicar un breve comentario.

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Pólvora en gallinazos: reflexiones al vuelo

 Frans van den Broek

 

 Desde que tengo memoria escuché de cuando en cuando una conseja cuyo orígen me es desconocido, pero que sospecho es la adaptación local de alguna conseja universal. Dice algo así como que no hay que gastar pólvora en gallinazos. Para el que la ornitología peruana le sea desconocida, aclaro que un gallinazo es una especie de buitre, hasta no hace mucho bastante común en la capital de Perú, adonde le atraían los grandes basureros municipales y la inveterada costumbre nacional de poner la basura en la calle con alegre e inocente incivilidad, para regocijo del bestiario citadino, desde perros a ratas, sin olvidar a cucarachas, gatos o, perdóneseme el darwinismo, incluso seres humanos en estado de privación total. Los gallinazos formaban parte de este panorama del subdesarrollo, y los recuerdo con claridad merodeando alrededor de la basura acumulada en alguna parte, o soleándose en los techos o terrales vacíos. Son bastante feos, la verdad, y si se dice que los pájaros cantores son las flores del mundo animal, estos han de ser algo así como los cáctus o espinares del mismo. Poco en ellos inspira simpatía, aunque su condición de carroñeros pueda inspirar, tal vez, la compasión que nos merecen los caídos. Son aves calmas, de tamaño mediano para su género, inocuas para los humanos, tímidas y hasta torpes, o al menos eso parece. Además, son indigeribles y sus graznidos se acercan más al ruido que a la música. Por todo ello, meterles un tiro no tiene sentido y es mejor dejarlas en paz a que se encarguen de nuestros restos e inmundicias. El sentido de la conseja mencionada es claro, por tanto: a asuntos sin valor, no hay que dedicarles ninguna energía, y menos aún esforzarse en atacarlos, porque es una pérdida de tiempo o una simple estupidez.

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