Millán Gómez
Son las palabras que siempre he soñado escribir. Final. Punto. Se acabó. Llegó la paz a Euskadi. No es un «sí pero no». No. Es definitivo, concretamente un «cese definitivo» en palabras de tres sujetos disfrazados de modo, digamos que discutible, sentados en paralelo frente a una mesa con la iconografía habitual mientras dos señores o señoras están allí callados, sin mover un músculo. Rendidos. En un cúmulo de subordinadas interminables en su habitual retórica infumable, eta declara que abandona la violencia sin condiciones. Todo un «blablabla», tal y como perfectamente definió un emocionado Carles Francino en la mañana de ayer. No es un «sí, si ustedes…». No. Hasta ahí hemos avanzado. Ya no hay conditio sine qua non. Es una declaración de «cese definitivo» unilateral, sin cortapisas.
No hay nada más que esperar para saber que no va a volver a haber violencia. Solo la entrega de la armas y, ojalá, el reconocimiento del daño causado en varias generaciones de vascos y españoles. A título particular, algunos antiguos terroristas ya lo han hecho y, en virtud de esta actitud, el Estado ha sido condescendiente con ellos. Las dos últimas hipótesis no sabemos a ciencia cierta si las van a cumplir pero sí que no van a volver a asesinar. El Gobierno no tiene que hacer ningún gesto para conseguir que no vuelvan a acabar con la vida de nadie. No. Se cumplió el sueño y, como bien dijo Rodolfo Ares, Consejero de Interior del Gobierno vasco, en Radio Euskadi, «los sueños, cuando se hacen realidad, hay que celebrarlos». Ni más ni menos.