Aitor Riveiro
Europa, y con ella España, ha optado por el suicidio cultural. No tenemos suficiente con que el Ministerio de (in)Cultura obligue a un chaval de 14 años a leerse bodrios infumables como ‘Marianela’, ‘La casa de Bernarda Alba’, ‘Platero y yo’ o ese auténtico insulto que es ‘Viaje a la Alcarria’. Ahora, aquellos jóvenes que, pese al sistema educativo, adquieran el gusto y el hábito de leer tendrán que pagar para poder acceder a los interesantes libros que albergan nuestras bibliotecas públicas. Y todo porque en pocas fechas entrará en vigor una directiva europea de 1992 que obliga a los estados miembros a imponer un canon en el préstamo de libros en las bibliotecas públicas.