Ignacio Sánchez-Cuenca
Aunque en doctos círculos filosóficos y peripatéticos se habla de «pirronismo» para referirse a la doctrina esotérica de Pirrón Elisio, maestro pensador que nunca escribió nada, y cuyas ideas conocemos solamente por mediación de su principal discípulo, Timón Hecateo, el castellano, lengua versátil donde las haya, ha ampliado el significado de este olvidado «ismo», de manera que, en nuestros días, quien habla de pirronismo no lo hace para referirse a una teoría filosófica de la antigua Grecia, sino más bien para expresar un estadio superior de confusión mental no por extendido menos preocupante. Como reza el título de esta entrada, el pirronismo es una forma acabada de cretinismo. Y no porque pueda decirse que el propio Pirrón, o sus esforzados discípulos, fueran ellos mismos cretinos, sino porque el pirronismo ha devenido sinónimo de espesura mental, falta de reflejos intelectuales, obcecación, impermeabilidad a los hechos, estado genérico de alelamiento, necedad, mala fe e incluso sinvergonzonería.