Andrés Gastey
El tiempo dedicado a la lectura del diario es, para quienes todavÃa incurrimos en esta práctica antañona, un paréntesis privilegiado de libertad y reflexión. En la jornada a menudo convulsa, hay pocas actividades tan gratificantes como la de ir degustando a nuestro ritmo el menú, ancho como el mundo, que se nos ofrece cada dÃa a cambio de una moneda.
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Poco importa el lugar en el que nos libremos a nuestro vicio solitario: lo hacemos sin ningún rubor ante otras personas en establecimientos públicos, tomando un café o una caña; de manera casi clandestina en nuestros puestos de trabajo; aliviando los tránsitos interminables del transporte público; aliviando otros tránsitos; o incluso en las posturas más misioneras, decúbito supino sobre nuestros lechos.