Lope Agirre
Algo grave está pasando en este paÃs, cuando los profesores piden, hasta desgañitarse, que se les considere “autoridad públicaâ€, algo que Esperanza Aguirre les ha concedido en su predio-corte-cortijo de Madrid. Si ahora piden autoridad es que consideran que no la tienen, y si no la tienen ahora es que alguna vez la tuvieron y la perdieron. La pregunta es: “¿Qué sucedió, para que perdieran la autoridad?â€.
Creo, sinceramente, que la respuesta no es sencilla. Antes, cuando Franco mandaba, los maestros tenÃan, además de autoridad, que es algo que corresponde a quien tiene la función social de enseñar, poder, mucho poder, y una vara para demostrarlo. Los buenos maestros no necesitaban pegar. La autoridad que, como un aura, desplegaban sobre sus alumnos era como una luz paralizante y atrayente. Recuerdo a los muchos buenos maestros que hemos tenido los Agirres, con cariño. Nos pasábamos horas viéndoles hablar y gesticular. Ser buen maestro no es fácil. Hace falta algo más que ciencia. Algo más tenÃan, claro, los buenos maestros que recuerdo. Y si los recuerdo es porque ese algo más me confiaron. Recuerdo que don Antonio Machado recordaba al maestro don Francisco Giner de los RÃos:
         “Su corazón repose
          bajo una encina casta,
          en tierra de tomillos, donde juegan
          mariposas doradas…â€