Lope Agirre
Aquella mañana, Israel Artetxe se levantó de un humor de mil demonios airados y juguetones. Más que dormir mal, habÃa dormido peor; o sea, apenas pudo conciliar el sueño en el tiempo que media entre el acto de meterse en la cama, con manta eléctrica y patucos, y el de levantarse, con la habitación frÃa y colgando carámbanos de la ventana que da al patio exterior, donde pega el viento norte soviético, siberiano y precomunista. Un asco, vamos. Se pasó la noche en vela, recordando la conversación que tuvo la vÃspera con el director de su periódico, el DIRECTOR, a todos los efectos, del CLARO DE LUNA, cabecera señera y secular de la capital, don Diego Hurtado de Mendoza. Israel Artetxe, tras dÃas de investigación exhaustiva en bares, cafés y restaurantes de la ciudad, tras haber alternado con gente de mal y de buen vivir, y haberse trasegado todo el orujo que pueda producir Orense en un año, con vistas a hacer soltar la lengua a gente que, de lo normal, la tiene bien amarrada a los dientes, afilados como lanzas, habÃa llegado a la conclusión de que Aminatou Haidar era una agente marroquÃ, de las de nómina y catorce pagas, con derecho a vacaciones en el hotel Excelsior de Casablanca, y que toda la puesta en escena, huelga de hambre incluida, para lo que habÃa sido entrenada especialmente en una estancia adyacente a la Academia de PolicÃa de Rabat, donde la acostumbraron al hábito del ayuno, habÃa sido prevista e imaginada por los servicios secretos, que beben los vientos por el rey.
–Tienes mucha imaginación –le dijo el DIRECTOR–. DeberÃas dedicarte a la ficción. TendrÃas más futuro como novelista que como periodista.