Lope Agirre
Quizá no haya en el mundo nada comparable, o peor, que morir en la más absoluta de las soledades. Como escribió el otro Lope: «A mis soledades voy, de mis soledades vengo«.
Desde que nacemos, vivimos en compañía. Estamos, por tanto, muy atados a los demás; y, lo que a los otros sucede, de alguna manera repercute en nosotros, en lo que tiene de bueno y en lo que lleva de malo. Necesitamos su protección; y ellos nuestro apoyo, inevitablemente. Podría pensarse que la vida es el lugar en el que todos nos atamos a todos. Pero no es siempre así; no ha sido siempre así. La vida tiene sus cimas y sus hondonadas, sus entradas y salidas, sus idas y venidas, sus derechos y sus reveses. Todo se tuerce o se endereza en la vida; al contrario que en la memoria.
El escritor Sciascia advertía sobre la mentira de la memoria: «Todo era mentira; también la memoria». Quería decir que la memoria, al contrario que la vida, puede renovarse sin cesar, puede permanentemente cambiarse, disfrazarse y metamorfosearse. La memoria sume un principio corrector, para decirlo de alguna manera. Lo que, por miedo o vergüenza, no se ha hecho en la vida, lo que, por cualquier circunstancia dolorosa o alegre, se ha silenciado en la vida, aparece en la tierra de la memoria con más vigor que nunca, enseñando su brotes nuevos con orgullo. Es imposible el olvido; tarde o temprano, la memoria que todo lo sabe y todo lo quiere exige lo que cree que es suyo. Los recuerdos arrinconados en la acequia del tiempo, abandonados y apilados, como si fuesen basura, los trozos de memoria que han sobrevivido en condiciones dignas acaban perturbando, en definitiva, la tranquilidad de nuestros sueños, alejan cualquier ilusión de sosiego.
Se puede decretar amnistía; la amnesia, nunca jamás.