Frans van den Broek
En uno de los pocos ensayos que dedicó a un tema polÃtico “Nuestro pobre individualismoâ€, J.L Borges hizo un breve diagnóstico del temperamento ideológico de su nación de entonces: inexistente. Esto es, los argentinos, postulaba, no se dejarÃan llevar por ideas o programas u opciones teóricas, sino por personas, por caudillos carismáticos que prometieran la solución de todos sus problemas. Pues en el fondo, creÃa Borges, el argentino desconfÃa de las instituciones y de las abstracciones y sólo se ampara en el hombre de carne y hueso, de preferencia si es amigo suyo, pariente, compinche o simplemente alguien que se le parezca y que le inspire confianza. Bien sea por sus grandilocuentes palabras (algo bastante argentino, permÃtaseme decirlo) o por sus méritos o por su personalidad, el caudillo habÃa sido siempre quien llevara las riendas del quehacer polÃtico, un caudillo que muchas veces llevaba también las armas y que no tuvo reparo en usarlas, añadirÃa, hecho que prueba la más sumaria revisión de la historia de Latinoamérica. El argentino, en suma, serÃa un individualista, no un gestor de grandes programas ideológicos.