Frans van den Broek
Como podrán atestiguar quienes me conocieron durante mis primeros años de universidad en España (algunos de ellos, asiduos de este blog), por entonces andaba medio obcecado con las catecolaminas. Acababa de graduarme de biÃóogo, sin pena ni gloria, y ya estaba en proceso de olvidar lo que había aprendido, mucho de lo cual había perdido interés para mí, pero si algo jamás dejé de tenerlo desde el momento en que supe de ello, fueron las mentadas catecolaminas y su importancia para la neurofisiología. No solo es una palabra sonora e intrigante «catecolamina» cuyo valor retórico no puede escapársele a quien guste de adornar su discurso con tecnicismos que sugieren un conocimiento mayor que el que se tiene (algo que me gustaba hacer entonces, mea culpa), sino que poseen una dinámica bioqímica muy compleja y han adquirido una posición causal fascinante si se consideran sus efectos en niveles más altos de realidad. Las catecolaminas a las que me refiero son las que operan como neurotransmisores, esto es, como mensajeros químicos en las sinapsis neuronales, bien sea inhibiendo o estimulando la acción de las neuronas conectadas, y se conocen con nombres no menos sugerentes, como dopamina, serotonina o acetilcolina (con lo que valga decir que la ciencia ha concebido o se ha apoderado de alguna de las palabras más bellas procedentes de las lenguas clásicas, poniéndolas al servicio de dominios de actividad no pocas veces más prosaicos que lo que la palabra haría suponer: piénsese sino en palabras como ginecología, o el logos femenino, cuya promesa filosófica o sacra o al menos dilecta se convierte en atención exclusiva al aparato sexual de la hembra del homo sapiens). Pero las catecolaminas son otra cosa, pues la promesa sonora de horizontes misteriosos se cumple más allá de las expectativas de cualquiera. A decir verdad, quizá se cumple demasiado.