Las buenas intenciones

 Barañain

Los momentos preelectorales son  propicios para los manifiestos, esos documentos dirigidos a la opinión pública en los que una legión de “abajofirmantes” -habitualmente presentados como intelectuales, profesionales, artistas, etc…-,  nos cuentan sus opiniones políticas o, mayormente, contra qué o quién se posicionan. En realidad, ya se trate de escuetas declaraciones o de mamotretos con largos razonamientos y consideraciones, su destino es el de ser consumidos sobre todo por los propios firmantes y su máxima aspiración que, como mucho, se conozca  ligeramente su existencia  por el sector más ilustrado -lectores de prensa-, de la ciudadanía. Que  consigan condicionar esa opinión de manera mínimamente significativa,  alterar de algún modo la agenda de los poderes públicos a los que está dirigido su mensaje o, al menos, provocar un debate sobre su contenido en círculos más amplios que los de los propios firmantes, ya es un éxito que sólo está al alcance de pocas iniciativas de este tipo. Y en coyunturas particularmente trascendentales.

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