Joseph Anton

Barañain

La vida de Salman Rushdie cambió radicalmente el día de San Valentín de 1989, cuando el déspota Jomeini leyó su edicto religioso (fatwa) instando a la ejecución del escritor por considerar blasfemo contra el islam su libro “Los versos satánicos” y al autor un apóstata al haber abandonado la fe islámica.  Jomeini ofrecía al asesino tres millones de dólares, cantidad que unos años más tarde sería doblada, y hacía extensiva la condena a quienes fueran responsables de la distribución del libro blasfemo.

La historia es conocida aunque no tanto la vida clandestina y de paria que -¡durante once años!-,  se vio obligado a llevar Rushdie, y de eso trata su autobiográfica “Joseph Anton”, ahora en las librerías. La característica e irónica mirada del escritor anglo-indio tras sus párpados caídos –  como la de “un halcón que observa tras una persiana veneciana”, según la describió Martin Amis-, fue haciéndose cada vez más lánguida y melancólica.  A ello contribuyeron las decepcionantes reacciones del mundillo literario e intelectual en el que se movía el infortunado escritor. De eso se habló menos y conviene recordarlo.

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