La hora estelar de los oportunistas

Barañain 

Seguramente era inevitable que en un ambiente político tan degradado como el español la abdicación del rey Juan Carlos diera pie a una escandalera -no excesiva, desde luego, pero sí llamativa-, como la que contemplamos estos días. Un país más sosegado, menos propenso a la autoflagelación o al arrebato histérico, recibiría la sucesión en el trono como un signo positivo de normalidad institucional en un órgano clave como es la Jefatura del Estado. Sigue leyendo

Sucesiones, herederos y el mirlo de Blanco

 Guridi

 El rey Don Juan Carlos ha cedido ante la evidencia y está dispuesto a sacrificarse por el país, dando un paso atrás mediante su abdicación para dedicarse a actos benéficos y pasar sus días disfrutando de las instalaciones de Patrimonio Nacional de su elección.

 Para ello, su heredero dinástico, Don Felipe, nombrado como tal desde muy tierna edad, accederá al trono tras la publicación de una Ley Orgánica de dos párrafos que ha tardado 36 años en hacerse.

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La jubilación

Lobisón

Pese al crecimiento de la esperanza de vida, y a la actual tendencia a prolongar la edad de jubilación, se diría que 76 años es una edad prudente para pasar al retiro. La pregunta sería más bien por qué no había tomado antes la decisión. El mal ejemplo de la reina Isabel II puede haber influido, pero se han reiterado los testimonios de que su idea era que los reyes no se jubilan. Como los papas, claro, pero una vez que se ha sentado el precedente en Roma ya se podían ver las cosas de otra manera.

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Lío extraordinario

LBNL

Quizás el próximo Congreso del PSOE no llegue a ser el tongo que parecía inicialmente si finalmente la ejecutiva aprueba que el próximo Secretario General sea elegido por voto directo de toda la militancia, con independencia de que formalmente sean los delegados quienes validen dicha elección en el Congreso. No está claro que vaya a ser así porque una reunión del Comité Federal o del Territorial – de momento no convocadas ni previstas pero posibles – podría alterarlo todo. Pero es difícil que nadie esté dispuesto a colgarse el sambenito de cercenar la democracia interna. En todo caso, con voto militante directo o sin él, el resultado final será producto de un lío morrocotudo, de una cacofonía sin par, de un sainete de traiciones, alianzas y ambiciones sin igual.

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