De Trump y la desesperanza

Alfons Salmerón

Esta mañana, una amiga me enviaba una foto desde la ventana de su despacho en el 22@, el moderno distrito económico de Barcelona en el que se instalaron algunas de las empresas tecnológicas internacionales más punteras. En la foto se observa un campamento de chabolas que ha ido creciendo en los últimos meses que contrasta con la modernidad cool de trabajadores precarizados del sector tecnológico que van a la oficina en bicicleta eléctrica y almuerzan en diez minutos la comida basura envoltorio que ofrecen los establecimientos gastro vegan que han ido sustituyendo a los restaurantes de menú que daban de comer a los obreros de las naves del Poblenou. Ya no hay donde comer unas buenas lentejas en la ciudad, pero ese es otro tema, aunque no del todo.

Hace unos días, una pareja de amigos me planteaban su dilema ético. Ambos son propietarios de sendas viviendas en la ciudad vecina, L’Hospitalet, que pusieron en alquiler cuando decidieron irse a vivir juntos a una casa con jardín en las afueras. Si nos pasamos al alquiler turístico, me decían, podríamos multiplicar por cinco nuestros ingresos, hecho que nos permitiría plantearnos, incluso, que uno de los dos dejara de trabajar. No lo harán por principios, por suerte, algo queda de la vieja cultura militante, aunque la tentación del sálvase quien pueda está ahí. Sigue leyendo