De los cánticos en Cornellà a la islamofobia normalizada

David Rodríguez Albert

El pasado martes se disputó en Cornellà de Llobregat el tristemente célebre partido entre las selecciones de España y Egipto. Como ya es sabido, en varias ocasiones se lanzaron cánticos islamófobos desde algunos sectores de la gradería. Además, se silbó el himno nacional del país africano y se profirieron insultos hacia Puigdemont y Pedro Sánchez. Estos hechos son especialmente graves, van mucho más allá de una anécdota en un evento deportivo y representan una muestra de racismo y de islamofobia, en un entorno de consignas propias de la extrema derecha catalana y española.

Afortunadamente, la reacción de la opinión pública ha sido contundente a la hora de denunciar estos hechos. Especialmente significativas son las declaraciones de Lamine Yamal, la principal estrella de la selección española. El jugador musulmán ha acusado de racistas e ignorantes a quienes profirieron los insultos. A sus palabras se han unido declaraciones unánimes de condena por parte del gobierno español, del gobierno catalán, de la sociedad civil y de todos los partidos políticos democráticos.

Durante el partido, los cánticos islamófobos se prolongaron sin que el encuentro se detuviera, evidenciando un fallo institucional grave. El protocolo antirracista de la Federación Española de Fútbol establece que, ante conductas discriminatorias, el árbitro puede detener el partido, tras emitir advertencias al público. En este caso, se hizo un aviso por megafonía minutos después durante el descanso, pero el encuentro no se paralizó. El árbitro búlgaro, que no entendía el idioma, no podía aplicar el protocolo por sí mismo. La federación tenía la responsabilidad de informarle y coordinar la acción, pero no lo hizo, permitiendo que los insultos continuaran, enviando un mensaje de tolerancia hacia la islamofobia y subrayando que el problema no es solo de la grada, sino de una federación incapaz de hacer cumplir sus propias normas.

La islamofobia que se manifestó en el campo no surge de la nada, sino que se inscribe en un clima de discurso político hostil hacia la comunidad musulmana. Dirigentes de Vox han vinculado repetidamente la inmigración musulmana con supuestas amenazas a la identidad y la seguridad de España, usando expresiones como “islamización” o comparaciones con sociedades violentas, y señalando barrios y comunidades como espacios que se “degradan” por la presencia musulmana. Por su parte, Aliança Catalana contribuye a normalizar discursos de odio, generando un marco en el que los insultos o ataques a musulmanes dejan de percibirse como inaceptables y pueden traducirse en agresiones verbales reales, según denuncias de líderes de la comunidad islámica catalana. Todo esto demuestra cómo los mensajes de la extrema derecha alimentan la islamofobia, creando un clima que facilita episodios como los cánticos de Cornellà.

En paralelo a las condenas públicas, los hechos descritos han activado una investigación de los Mossos d’Esquadra, junto con la Fiscalía de Delitos de Odio y Discriminación, que han abierto diligencias para esclarecer si los cánticos islamófobos y xenófobos constituyen un delito de odio conforme al Código Penal. La investigación busca identificar a los responsables, incluyendo la posible organización o coordinación previa de los insultos por parte de sectores vinculados a la extrema derecha, y determinar si se puede avanzar en la vía penal. Además, se ha abierto una vía administrativa que contempla sanciones a los espectadores implicados y, entre otras medidas, prohibiciones de acceso a eventos deportivos.

Los hechos del martes no son casos aislados, sino el reflejo de un clima de odio que se está normalizando en España, alentado por discursos políticos de la extrema derecha que señalan a los musulmanes como amenaza. Detener los cánticos no es suficiente, ya que hace falta actuar sobre las causas profundas: educación, concienciación y cambios inmediatos en la aplicación de los protocolos deportivos. El fútbol puede ser un espacio de integración o un altavoz del odio. El racismo y la intolerancia no pueden ser nunca las opciones.

Mira hacia arriba

Julio Embid

Cuando lea esta columna, cuatro astronautas, tres estadounidenses de la NASA y uno canadiense de la Agencia Espacial Canadiense, estarán a punto de cruzar los cielos a bordo de la nave Orion, en la misión Artemis II, con rumbo a la Luna. Será la mayor aventura de la humanidad en los últimos sesenta años. La nave se alejará de la Tierra hasta cerca de 400.000 kilómetros de distancia, bordeando la cara oculta de la Luna antes de regresar. Una distancia mil veces superior a la que separa la Estación de Canfranc de Galáctica, el observatorio de Arcos de las Salinas. El viaje durará diez días y servirá para comprobar los sistemas de la Orion en el espacio profundo, recopilar datos sobre los efectos de estos desplazamientos y preparar el regreso del ser humano a la superficie lunar.

La tripulación está formada por el comandante Reid Wiseman, el piloto Victor Glover, la especialista de misión Christina Koch y el especialista de misión Jeremy Hansen. Su nave pasará a apenas 7.400 kilómetros de la superficie lunar antes de iniciar el camino de regreso, en una trayectoria que no se recorría desde los tiempos de las misiones Apolo.

Nuestra especie posee una audacia y una inteligencia que no se encuentran en ninguna otra. Desde su origen en África, el Homo sapiens fue capaz de expandirse por todo el planeta durante milenios, adaptándose a todo tipo de entornos, multiplicándose hasta superar los 8.000 millones de personas y transformando profundamente la Tierra. Hemos construido puentes sobre ríos, túneles bajo montañas e incluso bajo el mar. Hoy podemos dar la vuelta al planeta en apenas un día en avión, cuando al personaje de Phileas Fogg, en la novela de Jules Verne, le costó ochenta. Y a la expedición de Juan Sebastián Elcano, culminando el viaje iniciado por Fernando de Magallanes, le llevó tres años completar la primera vuelta al mundo. Siglos después, en 1969, a bordo de la Apolo 11, el comandante Neil Armstrong se convirtió en el primer ser humano en pisar la Luna y regresar para contarlo.

Todas estas hazañas, la primera circunnavegación del planeta o la llegada a la Luna, fueron posibles gracias a una enorme inversión pública. Fueron los recursos de todos los que hicieron posibles esas expediciones, y gracias a ellas avanzaron también la ciencia y la tecnología. Hoy no tendríamos teléfonos móviles, ni ordenadores personales, ni sistemas GPS, ni placas solares, ni televisión por satélite, ni siquiera muchos electrodomésticos cotidianos, sin el impulso que supuso la carrera espacial.

Cuando en uno de los países con los impuestos más bajos del continente surgen discursos que proponen reducirlos aún más sin matices, conviene recordar que el progreso colectivo depende precisamente de esa capacidad de contribuir entre todos. Ningún individuo por sí solo puede construir una carretera, un puente, un vehículo o un cohete espacial. Pero juntos, aportando cada uno una pequeña parte, somos capaces de lograrlo todo. En los próximos años veremos el regreso del ser humano a la Luna. Después llegarán las primeras bases lunares permanentes. Y, con el tiempo, quizá demos el salto a otros mundos. Ojalá sepamos aprender de cada uno de esos viajes para vivir más y vivir mejor.

En tiempos de exceso de peso

Juanjo Cáceres

La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición estimaba en 2020 que un 37,1% de la población adulta sufría sobrepeso y un 18,7% obesidad. En el caso de la población entre 2 y 17 años, señalaba que uno de cada tres menores presentaba sobrepeso y uno de cada diez, obesidad. Eran cifras rotundas, que nos hablaban claramente de riesgos de salud pública y que deberían generar la misma inquietud en las autoridades que en el resto de la población. Pero puede que eso no haya pasado o que no esté pasando con la intensidad suficiente en ninguno de los dos casos. Al fin y al cabo, ¿no es la gordura un elemento más del paisaje con el que siempre hemos convivido? Paisaje conocido, sí, pero no por ello menos inquietante, dadas las consecuencias que puede acarrear.

No diremos que no se invierten suficientes esfuerzos para reducir la prevalencia de ambos fenómenos, ni que las personas no dedican tiempo, esfuerzo y dinero a cuidar de su salud. Lo cierto es que, en general, lo hacen y que, cuando les afecta, les preocupa. De modo que no acaba de ser ese el problema. Tampoco basta con seguir apelando a la necesidad de una mayor sensibilización y acción. No porque no sea necesario – que lo es – sino porque no es en absoluto suficiente.

Afrontar esta situación o cualquier otra relacionada con la prevención de riesgos evitables de salud, pasa necesariamente por un doble procedimiento: entenderla en toda su complejidad e intercambiar conocimientos al respecto. Pero para entender, compartir y conseguir que ese intercambio sea fructífero, hacen falta voces – y no solamente las procedentes de inteligencias digitales. Hace falta hablar de ello y escribir sobre ello. De ahí que resulte muy positivo que eso suceda, por ejemplo, a través de un libro como el que ha publicado recientemente Julio Basulto: TODOS GORDOS (con perdón). Un trabajo que ha salido al mercado del papel y del libro electrónico con el propósito claro de hacer lo que debe hacerse: ni más ni menos que hablar de ello.

¿Es TODOS GORDOS (con perdón) el remedio que estábamos esperando para invertir el incesante avance de esta problemática? En modo alguno. Pero ya en la portada Julio pone el dedo en la llaga señalando el núcleo del problema con un mensaje directo: “tratar la obesidad en un mundo diseñado para engordar”. Porque, en efecto, ciertas prevalencias solo son posibles porque entre todos construimos algunos factores que predisponen a ellas. O porque entre todos configuramos unas relaciones económicas y sociales sobre las que emerge el gradiente social de la obesidad, según el cual poder adquisitivo y exceso de peso tienden a relacionarse de forma inversa – cuando aquel es más elevado, este tiende a ser más bajo.

Tal vez todo ello sea también debido a que a nuestro cuerpo no le resulta demasiado difícil engordar si tiene a su alcance alimentos en cantidades suficientes. O a que tampoco a nuestro cerebro le resulta sencillo regular nuestras conductas cuando los alimentos se diseñan y se ponen al alcance de maneras bien estudiadas.  Pero el caso es que eso ya lo sabemos. Y que, aun así, incluso después de innumerables intentos por atenuar estos efectos, parece que seguimos siendo mucho más eficaces engordando individualmente que trabajando colectivamente para prevenir la obesidad o deshaciendo todo aquello que convierte nuestras casas, supermercados, calles y municipios en entornos obeso génicos.

Justamente porque no hemos logrado todavía transformar el escenario en que vivimos, es necesario explicarlo bien. Es preciso evidenciar qué elementos lo sostienen y cómo podría cambiar. También lo es exponer de forma divulgativa cómo se intenta tratar la obesidad desde el ámbito de la nutrición y de la medicina, subrayando lo difícil que resulta realmente actuar sobre ella. Sin olvidarnos, además, de poner de manifiesto su relación con conductas tan poco saludables como fumar o consumir alcohol.

De ahí que el trabajo de Julio Basulto, TODOS GORDOS (con perdón), ponga sus esfuerzos en todo ello y que resulte tan oportuno. No es el primero ni será el último en abordar la problemática, pero es este el que nos habla ahora. El que nos recuerda que no todo está bien. Que algunas cosas tienen que cambiar. No debemos olvidar que seguir insistiendo en la necesidad de reducir la prevalencia del exceso de peso es imprescindible y seguirá siéndolo durante décadas. Por suerte, hay voces como la de Julio que lo han hecho, lo hacen y lo seguirán haciendo.