Carlos Hidalgo
Conocí a José Luis Rodríguez Zapatero en el año 2001, cuando llevaba pocos meses como secretario general. Yo era camarero en un restaurante para pagarme los estudios y tenía problemas para aprobar la asignatura de Derecho del Trabajo debido a la gran distancia que existe entre la ley y la realidad del mundo laboral, en el cual yo ya llevaba inmerso casi diez años. Como era el único trabajador que se había leído el Estatuto de los Trabajadores y el convenio de hostelería de Madrid, tenía fama de alborotador izquierdista y cuando Zapatero y su familia aparecieron en la puerta del restaurante, el encargado consideró una muestra de humor el asignarme su mesa. “Este es el camarero más socialista que tenemos”, les dijo. Zapatero se lo tomó en serio y me preguntó si yo era “compañero”, a lo que respondí que no, pero que me sentía bien representado por él, al no ser el candidato oficial del “guerrismo” (lo fue Matilde Fernández) o del “felipismo” (lo fue Pepe Bono).
Desde entonces, siempre que venía al restaurante, cada dos o tres semanas, acompañado de su familia y de la del que el que era su jefe de gabinete entonces, José Andrés Torres Mora, yo era el encargado de atenderles y ellos aprovechaban para conversar conmigo. Esta dinámica duró hasta que fue presidente del Gobierno y lo que puedo recordar de entonces es que es Zapatero nunca se dejó invitar a nada, ni a café, ni a postres, ni a chupitos. Nunca, además ponía cara de indignación y de sorpresa cuando se le ofrecía. Recuerdo que pagaba las comidas de su bolsillo. Las suyas y las de sus guardaespaldas, unos policías nacionales que me pedían que les hiciera la factura igualmente para pasarla como gastos.
Una vez pidió costillas a la barbacoa y como estas son bastante resbaladizas, se manchó la camisa. Siguiendo la política de la empresa, además de proporcionarle quitamanchas, le ofrecí que nos pasara la factura del tinte. No era trato especial, se hacía con todo el mundo, fuera famoso o no. Zapatero me miró con los ojos muy abiertos y me dijo, “no, por favor, ha sido culpa mía y no puedo consentirlo”. Y aunque le aseguré que no le estábamos dando ninguna clase de trato especial, no dio su brazo a torcer.
Pasado el tiempo nuestros caminos se han cruzado alguna que otra vez y si bien he mantenido una relación más cercana con José Andrés Torres Mora (que merece que se escriba mucho y muy bien de él), cada vez que Zapatero me ha visto, ha sacado, aunque fueran unos segundos para preguntarme qué tal todo, conversar y ponernos al día.
La última vez que nos vimos fue hace siete años, tomando un largo café en un hotel del centro de Madrid. Hablamos un poco de todo, de nuestras familias, de cómo estaba el mundo y le invité a su cigarrillo del día. Desde que dejó de fumar, solo fuma (o fumaba) un cigarrillo al día. Yo, que fumo diez al menos y soy incapaz de dejarlo, le pregunté que cómo era capaz. “A veces tengo la impresión de que tienes la disciplina de un monje budista”. Y él se rio, respondiendo que él simplemente era de esa manera.
No puedo presumir de tener muchas cosas en común con Felipe González o Javier Solana, pero coincido con ellos en que no reconozco a José Luis Rodríguez Zapatero en el auto de 90 páginas del juez Calama en el que se detalla por qué se le investiga y lo averiguado hasta el momento.
Sin ser íntimo de él, es fácil saber que hay cosas que le obsesionan, pero que el dinero nunca ha sido una de ellas. Sí que lo es el hacer lo correcto. Pocas personas se comportan en privado de la misma manera que lo hacen en público, pero Zapatero es así. Y tiene cosas como no consentir el machismo, la maledicencia o el humor negro ni siquiera en privado. La impresión que yo tengo y que siempre he tenido de él es la de una persona que vive absolutamente de acuerdo a sus ideas, hasta el punto de resultar desconcertante o irritante en ocasiones. Y que incluso en algunas de sus acciones más polémicas, como la mediación entre el régimen chavista y la oposición venezolana (solicitada por ambas partes, recordemos), lo hacía convencido de estar haciendo lo correcto y de mejorar las cosas, aunque todo ello supusiera su desprestigio personal o que ambas partes, acostumbradas a jugar sucio entre ellas, lo usaran como arma arrojadiza o le culpasen de su falta de voluntad para negociar seriamente.
Zapatero no es, ni ha sido nunca perfecto. Comete errores de juicio, a veces se pasa de optimista, en ocasiones muestra de manera muy fría la frialdad que ha de tener la gente de su posición o ha dejado caer a personas valiosas para lograr ese principio de que en política a veces debes lograr ineficiencia para conseguir paz. Pero sí extremadamente coherente. No he visto nunca en él el ansia de asegurarse recursos, de hacerse rico o de robar protagonismo. Es más, lo veo incompatible con su manera de ser.
No sé qué más seguirá filtrándose estos días, ni que escandalosos indicios nos querrá ofrecer la policía con el material que les ha sido proporcionado por Homeland Investigations, esa rama del ICE que ha facilitado información al Cuerpo Nacional de Policía para la investigación.
Lo que sí que tengo claro es que me resulta muy difícil de creer lo que veo en los titulares y que espero que el tiempo y el propio Zapatero, con su inhumana cabezonería, lo aclaren.