Agosto. Sistema de bienestar (I)

Alguien

Empieza agosto, mes de vacaciones, también en Debate Callejero. Pero no vacaciones totales, sólo parciales.

Este mes no aparecerá un artículo diario como el resto del año. Pero habrá, como novedad respecto a otros años, un relato de Frans van den Broek, nuestro holandés errante, publicado en cinco entregas, una en cada domingo de agosto. Hoy aparece la primera. Seguro que habrá debateros de guardia que animarán el blog durante todo el mes con sus comentarios.

Felices vacaciones. 

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Felicidad a tiempo completo

Frans van den Broek

La sociedad contemporánea exige de nosotros, en diversas medidas, que seamos felices. En la lengua inglesa existe una expresión que define con claridad gráfica el tipo de personalidad que han entronizado las modas actuales: ‘bubbly’. Esto es, chispeante, con burbujitas, sonriente, seguro y alegre como la Coca Cola. Quien no posea este tipo de personalidad tendrá un lugar en el entramado social, sin duda, pero no será a la cabeza de ninguna institución, ni en un comercial de televisión, ni como ejemplo de éxito. El mundo pertenece a los chispeantes y quien posea una personalidad más bien retraída, cansina o melancólica tendrá que acomodarse en los intersticios que deja el tupido tejido social de los alegres. Para bien o para mal, tenemos que sonreír.

Cada sociedad tiene sus preferencias, por supuesto, pero me refiero a un promedio generalizado a través de la globalización. Definir lo que es la felicidad no es, claro está, tarea fácil, algo de lo que atestiguan miles de años de debate filosófico al respecto, pero el modelo de felicidad requerido de nosotros en los últimos tiempos no es tan difícil de aprehender. Consiste en la constate consumición de bienes y el aumento generalizado de las fuentes de placer, sin importar si dichos bienes sean necesarios o no, o el placer inocuo o positivo. En un sólo año, el americano medio está expuesto, dicen, a unas 3000 horas o algo así  de propagandas (asumo que son quienes más expuestos están, aunque quizá me equivoque). Los comerciales propalan la visión de un mundo perfecto lleno de belleza y juventud (o al menos, el remedo de las mismas) al alcance de la mano o de la tarjeta de crédito, más bien, y tendría uno que ser de piedra para no ser afectado por dicha visión paradisíaca. En dicha visión nuestra felicidad depende de la correspondencia con el modelo edénico, y nuestra infelicidad, por consiguiente, con su desviación del mismo. Y para conseguir lo que uno quiere, no se debe parar de chispear todo lo que se pueda y de sonreír positivamente, dado que las vibraciones positivas de la posesión atraerán más posesión, y así hasta conseguir el Lamborghini que siempre se quiso o hacer el viaje en crucero que se anheló por tanto tiempo.

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Notas sobre la noción de cultura

Frans van den Broek 

Se dice que la primera referencia a un concepto de cultura más o menos como lo entendemos nosotros aparece en un libro de Cicerón. Desde entonces la palabra cultura ha recorrido un largo camino, asociada o no a otros conceptos (o en combinaciones como agricultura o piscicultura), y ha llegado hasta nuestros días en la nada envidiable posición de ser utilizada por todo el mundo sin que se sepa con definitiva claridad de qué se está hablando. No han faltado nobles intentos de clarificación, desde la filosofía, la antropología o la sociología, pero no creo que sea exagerado afirmar que muchos de dichos intentos más han confundido que aclarado. Con todo el respeto que me merecen las filosofías de pensadores como Rickert, Cassirer o Heidegger, sus análisis de la cultura, hasta donde los conozco, son considerados ahora mismo productos de una cultura particular en un tiempo determinado de la historia, aunque pretendan, como es natural, arribar a conclusiones universales (algo que, de seguro, también consiguen, aunque no sé en qué medida). Muchos filósofos han sido más cautos o menos inclinados a conceptualizar demasiado, pero el caso es que seguimos disputando sobre el verdadero significado de la noción de cultura y las implicaciones que diferentes definiciones puedan tener para el análisis y estudio de la misma. 

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La batalla de Moscú: un comentario

Frans van den Broek

La lectura de un libro sobre la batalla de Moscú en 1941-1942 es, si hubiera necesidad, el mejor antídoto contra un exceso de optimismo (o pesimismo) en la naturaleza humana y en la objetividad de las ciencias históricas. Ambos puntos merecen poca discusión –poca discusión trivial, quiero decir, por quien, como el que escribe, sabe poco del asunto-, pero un repaso de las razones por las que se han convertido en tan obvios depositarios de escepticismo intelectual siempre puede ser útil como ayuda en la relativización de nuestros triunfos y nuestras miserias.

El libro que agobia mis noches –he llegado a soñar con algunos de sus pasajes más acerbos- lo ha escrito Andrew Nagorski, y hace uso de material nuevo, hecho disponible después de la caída del imperio soviético. ‘The Greatest Battle’ combina una visión general de los momentos más críticos de dicha campaña con testimonios personales de algunos supervivientes, cartas interceptadas por la NKVD (antigua KGB) o por los servicios secretos alemanes, memorias de algunos participantes y documentos varios de toda laya, para crear una narrativa de lectura ágil y hasta podría decir que apasionante, si es que el espectáculo de la abominación humana puede consentir dicho epíteto.

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Amor humano y amor divino: The Forty Rules of Love de Elif Shafak

Frans van den Broek 

Escribir sobre el amor es una de aquellas tareas a las que, casi inevitablemente, todo escritor debe enfrentarse, para bien o para mal. Más lo segundo que lo primero, cabe decirlo, si atendemos a los resultados. Es fácil caer en lugares comunes, clichés de todo tipo, emocionalidad forzada o simplemente la confusión o el aburrimiento. Por ello es loable que alguien de la talla literaria y fama internacional de Elif Shafak emprenda esta tarea con pluma segura y ninguna inhibición. Es más, la escritora ha elegido esta vez hablar de aquel otro tipo de amor del que casi nunca más se habla, al menos en la literatura occidental, el amor divino o platónico, y lo hace incursionando en aquel otro campo minado de la literatura, la novela histórica. Y por si su tema no fuera ya lo suficientemente difícil, lo hace de la mano de la filosofía sufí­ del gran poeta persa Jalal al-Din Rumi, más conocido como Mawlana o Mevlana (‘nuestro maestro’), cuya popularidad en occidente fue firmemente establecida por la publicación de sus poemas en antologí­as aparecidas en los Estados Unidos, algunas de las cuales verdaderos éxitos de ventas, pero cuya filosofí­a es de ardua interpretación.

El resultado es una novela hermosa y valiente, pero controversial. La novela entrelaza dos historias: la primera cuenta la historia de Ella Rubinstein, una mujer en aquel punto de inflexión existencial que representan los cuarenta años, cuya vida ha sido absorbida por la rutina de la vida familiar como ama de casa, función que cumple a cabalidad. Su esposo es un dentista de éxito, trabajador y cariñoso, del que sabe que a veces la engaña con otras mujeres, hechos que prefiere ignorar, y al que quiere como se quieren a las personas con las que se ha convivido en moderada paz por veinte años. Tres hijos la han mantenido ocupada hasta ahora, pero ya han pasado la adolescencia, por lo que se ha permitido aceptar un trabajo como lectora de una agencia literaria a tiempo parcial, en consonancia con sus estudios de literatura inglesa de los que no ha hecho uso jamás. Recibe entonces un manuscrito para hacer un reporte sobre el mismo, llamado «Sweet Blasphemy», una novela escrita por un tal Aziz Zahara. Esta novela dentro de la novela constituye la trama de la segunda historia, que se desarrolla en capí­tulos alternados. Trata de la vida de Rumi, sobre todo de su encuentro con el misterioso derviche itinerante Shams de Tabriz, encuentro que trasmuta su vida espiritual y le incita a la poesí­a, produciendo algunos de los poemas mí­sticos más complejos de la literatura en cualquier lengua, como el «Masnavi», un libro que ha sido llamado por algunos el Corán persa. El encuentro está signado por la irrupción del amor divino en la vida del respetado teólogo e intelectual Rumi, y trastoca su vida y la de quienes le rodean. La historia de Rumi y Shams es contada desde distintos puntos de vista, como la de sus hijos, o la mujer de Rumi, una cristiana convertida, o algunos de sus discí­pulos o hasta personajes de la calle, como un borracho o una antigua prostituta o un fanático religioso.  Sigue leyendo

Un comunista romántico: Nazim Hikmet

Frans van den Broek

Hay géneros literarios cuya definición es uno de sus principales obstáculos. La novela política es uno de ellos, me parece,  no tanto por la dificultad de conseguir una explicación adecuada de sus contornos narrativos o temáticos, sino por las asociaciones de todo tipo que evoca, desde conceptuales hasta emotivas. Durante su historia, la novela política ha ido recogiendo demasiadas excrecencias, diríase, y no todas de las que promueven su consumo. En este caso el problema tiene que ver con la historia del sub-género que se dio en llamar realismo socialista.

Como se sabe, el realismo socialista produjo un par de obras maestras y una marea de basura literaria, al menos según el consenso de la mayoría de los críticos. Las razones son varias, pero sobre todo por la presión asfixiante de una ideología que achataba los personajes y las situaciones narrativas hasta el acartonamiento. Si la literatura tiene que evitar algo, es el maniqueísmo y la unidimensionalidad, características en las que el realismo socialista destacaba. Y esto por la sencilla razón de que el ser humano, hasta el más idiota de entre nosotros, es complejo psicológica y socialmente, y mal puede hacer para reflejar esta complejidad una literatura que pretende reducirlo a su posición dentro del sistema social o la lucha de clases. Toda novela, hasta la más realista, es ficción, no cabe duda, pero siempre existe la posibilidad de reflejar mejor o peor aquello que llamamos vida, y las novelas del realismo socialista sólo reflejaron, en general, la vida aplastada de sus escritores.

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Mi abuela, Platón, Coomaraswamy

Frans van den Broek 

Si bien no puedo estar seguro de ello, creo que mi abuela no habrá escuchado hablar jamás de Platón. Las apariencias engañan, sin embargo, y también es probable que su curiosidad, que era robusta, aunque comedida, la haya llevado a leer por algún lado sobre el filósofo griego y hasta a interesarse por su vida, pero si debo atender a los hechos, no es común que una mujer de un pueblo perdido de los Andes del Norte del Perú, que al momento de nacer ella, el año 1910 o 1911, aún permanecía en el siglo diecinueve, y con apenas estudios primarios, haya tenido conocimiento de algo tan exótico como Platón. No le hubiera hecho falta tampoco, pues lo que requería su familia de ella era que trabajara desde muy temprano, y para satisfacer esta necesidad escogió o le escogieron el arte por el que la región donde nació es conocida, esto es, la tejedura de sombreros de paja. Su familia era pobre, por supuesto, pero con la pobreza serrana de aquellos pueblos, que no es la de las barriadas o los amontonamientos de las grandes ciudades. Jamás descendieron en la miseria y lograron sobrevivir de manera decente, con dificultades y privaciones, pues los sombreros se vendían y algo daban, y su calidad era reconocida en los alrededores. Mi abuela llegó a hacerse una verdadera artista de los sombreros, y está documentado que alguna vez ganó un premio regional por la calidad de su tejido, y hasta hay una leyenda que hace llegar alguno de sus sombreros a los escalafones más altos del gobierno, comprado por alguien del pueblo que había ascendido en la escala social. Tuvo que trabajar duro para sobrevivir, pero con sus manos, con su arte, llegó a criar cuatro niños, todos los cuales consiguieron educación superior y uno de ellos, mi tío Elí, sí llegó a conocer a Platón, pues se hizo profesor de filosofía en la universidad de San Marcos, la más antigua del Perú. E hizo todo esto sin ayuda de nadie, pues los hombres de aquel entonces –como muchos hombres de ahora-, hacían hijos y se largaban o los hacían estando casados, de modo que mi abuela fue lo que ahora llaman una madre soltera, y que entonces era de lo más común para la gente humilde, pues eso de matrimonios y fiestas y alharacas era para los ricos. No sé si llamarla una feminista avant la lettre, pero sí que hubo de vivir al margen de las convenciones burguesas y las expectativas de su propia religión, víctima de engaños y decepciones cuyo recuerdo siempre me entristece o indigna, pero no la escuché quejarse jamás, ni una sola vez. Tenía un talante serio más bien, y un genio temible a veces, y sus hijos cuentan hasta ahora con risas los castigos a los que los sometía para enseñarles las normas básicas de la civilidad (como “sobarles la badana”, dicho en el español antiguo propio de su pueblo, esto es, fajarlos a correazos), castigos que la harían merecedora en estos días de alguna sentencia judicial. Sus hijos, sin embargo, siempre la adoraron, y recordaré siempre con gratitud su semblante mestizo, su actitud digna, serena, su caminar espigado, y hasta su carácter fuerte que nos hacía temerla cuando se enojaba, lo que no ocurría a menudo, por suerte, sin el cual no hubiera podido sobrevivir.

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Un dantólogo peruano: in memoriam

Frans van den Broek

 Hace unas semanas recibí la noticia de la muerte en Lima del psicólogo peruano Leopoldo Chiappo, a la edad de 85 años. La recibí con tristeza, pues aunque no lo veía hacía algo así como diez años, le tenía mucho cariño, el que se profesa a un amigo, pero sobre todo el que se tiene por alguien a quien se ha considerado en algún momento de la vida nuestro maestro. No uso esta palabra con ligereza, y soy consciente de las asociaciones negativas que se han adherido a la misma, pero no tengo otra, ni creo que deba tenerla. La palabra tiene una larga tradición, por supuesto, y parece presente de una forma u otra en todas las culturas, quizá porque designa una función universal, cuyo ejercicio tiene diferentes niveles de compromiso y profundidad. Me viene a la memoria la representación que Platón se hace de la enseñanza en la carta séptima, donde compara la transmisión del conocimiento a la ignición de una candela por otra, al encendido de un fuego interior en el alumno por parte del maestro, que luego arderá por sí mismo. No exagero al afirmar que don Leopoldo Chiappo tuvo esa función para mí, de una manera más modesta tal vez, menos dramática que en las páginas de Platón, pero no menos importante en mi experiencia del mundo y de la vida. Son muy pocos a quienes puedo llamar de esta manera y entre ellos es, sin duda, el doctor Chiappo quien dejó una impronta más profunda y perdurable. Nadie se hace maestro de otro sólo por transmitir conocimiento, por abrirnos las puertas de su erudición o de su especialización, sino por aquella totalidad inasible que llamamos carácter o personalidad, por su cariño y respeto hacia nosotros, por el calor de su espíritu o la agudeza de su ejemplo y también por las circunstancias que lo hicieron presente en nuestras vidas en el momento justo y con el mensaje adecuado.

 El doctor Chiappo –así lo llamé siempre, a pesar de su insistencia en que lo tuteara- había sido mi profesor en la universidad peruana donde estudié biología y filosofía. La universidad es sobre todo conocida por su excelente facultad de medicina, pero siempre contó con un buen programa de ciencias y, por un tiempo, hasta con un pequeñísimo departamento de filosofía, en el que todavía pude estudiar. En aquellos años todos los estudiantes debían pasar por dos torturantes años de Estudios Generales, cuatro semestres en los que se daban todas las ciencias básicas, desde matemáticas hasta físico-química, pero la universidad había sido fundada al comienzo de los años sesenta –como escisión de la universidad de San Marcos- con un decidido espíritu humanista, aquel que le atribuye a la educación una tarea de formación ciudadana, no sólo profesional, de modo que todos debíamos estudiar también tres asignaturas de sociología, dos de literatura, una de psicología e incluso una de filosofía. Quien lo deseara, además, y si le quedaba tiempo, podía también tomar algunas de las asignaturas libres de letras que se daban en la facultad de ciencias y filosofía. Tras aprobar estos dos años, uno pasaba a los estudios facultativos propiamente hablando, organizados según el modelo americano, lo que permitía mucha libertad al alumno para escoger sus asignaturas. Cuento todo esto porque fue debido a este espíritu humanista y a esta organización, bastante moderna para su tiempo –hablo de finales de los años setenta y comienzos de los ochenta-, por lo que pude conocer de modo más íntimo al doctor Chiappo. Porque él era doctor en psicología y filosofía, no en biología o en medicina, y de seguro que en el clima actual de pragmatismo y entronque empresarial, hubiera tenido poca o nula oportunidad de tenerle de profesor.

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Dimensiones de las culturas

Frans van den Broek

En los estudios dedicados a las diferencias culturales los trabajos del holandés Geert Hofstede, presentados en varios libros, pero en particular en Cultural Consequences¨se han convertido en punto de referencia casi ineludible. Las razones son varias, pero sobre todo por la extensión de su estudio y por haber concebido o popularizado ciertas categorías que se han incorporado al lenguaje corriente de la investigación a este respecto. Todos sabemos, por experiencia elemental, que las culturas difieren. Lo que ya es más difícil saber es en qué medida y de qué manera lo hacen, y más difícil aún es diseñar programas de investigación coherentes en este terreno. La propia definición de cultura es problemática y sujeta a disputa, por lo que Hofstede decidió aventurar una definición simple y más bien pragmática y proceder a su investigación sin demasiados aspavientos teóricos. A decir verdad, su definición es más bien tautológica, pero es posible sacar algunas conclusiones prácticas de la misma: cultura es la programación colectiva de la mente que distingue a los miembros de una categoría de gente de la otra. En otras partes se refiere al software de la mente, utilizando la metáfora informática preferida por los estudiosos de la cognición.

Como fuera, su investigación se centra ante todo en lo que podríamos llamar valores o creencias, o disposiciones a ciertos modos de conducta. Sé que estos conceptos son cualquier cosa menos equivalentes, pero, repito, Hofstede no se hace demasiados problemas filosóficos a lo largo de su investigación, aunque sea consciente de sus limitaciones. La idea de estudiar las diferencias culturales se le ocurrió mientras trabajaba para la firma IBM allá por los comienzos de los setenta. Dada la extensión multinacional de esta empresa, pudo distribuir cuestionarios a empleados en funciones similares de más de cincuenta países. Luego, aumentó su base de datos con otros estudios similares. Las preguntas son predecibles, y atienen sobre todo a la esfera laboral, pero no solamente, como ¨ ¿suele preguntar a su jefe antes de tomar una decisión?¨, o ¨ ¿qué prefiere en un trabajo, la seguridad de empleo o la satisfacción con el mismo?¨, o ¨ ¿se siente a menudo nervioso en su trabajo?¨ y otros asuntos más generales sobre la familia, el estado o las relaciones interpersonales. Las respuestas fueron luego juntadas en ¨clusters¨ y los promedios tratados estadísticamente. Al final, Hofstede distingue cinco dimensiones culturales y sus correspondientes índices, que le servirían para clasificar a los países según su adscripción cuantitativa a los mismos.

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Estupidez intelectual y política

Frans van den Broek

Si aún hacía falta prueba alguna para entonces, el siglo pasado nos demostró con ardor y fruición inusuales que la inteligencia, la erudición o la educación humanistas no son salvaguarda contra la estupidez o la intemperancia intelectual, ni contra el desvarío moral o incluso la maldad en el terreno de la política. De entrada es preciso puntualizar que el balance es, en general, -al menos, quiero creer que lo es- positivo, en la medida en que a pesar de las atrocidades cometidas por todos lados en nombre de una u otra ideología o tendencia política, a menudo simples máscaras para la tiranía o el despotismo, la humanidad ha conseguido adelantar siquiera un poco en la dirección de un clima político más signado por la democracia y menos por la satrapía, y quiero creer que parte de este desarrollo se debe también al trabajo intelectual de unos cuantos y la abnegación, sacrificio o simple esfuerzo de muchos. No han faltado, sin embargo, casos notables de imbecilidad o inmoralidad en el estamento intelectual.

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