El pasado y sus peligros: ‘El bastardo de Estambul’ de Elif Shafak

Frans van den Broek 

De casualidad, el reciente anuncio de acercamientos diplomáticos entre Turquía y Armenia me encontró leyendo el libro de la escritora Turca Elif Shafak, “El bastardo de Estambul”. Casualidad feliz, por cierto, ya que este libro trata, entre otras cosas, de la cuestión del supuesto genocidio turco de los armenios durante la primera guerra mundial y su lugar en la conciencia nacional turca y en la diáspora armenia. No de manera directa, no obstante, pero sí a través de las vicisitudes de personajes pertenecientes a dos familias, una de origen turco, y otra de origen armenio. Los destinos de ambas se encuentran entrelazados a través de generaciones, y la confrontación con el pasado disloca la aparente estabilidad en la que han vivido desde aquellos hechos trágicos.

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«Memorias de un hombre de madera», de Andrés Ibáñez

Frans van den Broek 

No es común que una novela de corto aliento consiga dar intensidad narrativa a problemas de índole metafísica o espiritual. La dificultad es, de un lado, técnica: al comprometerse con la forma novelística, el narrador tiene que encontrar un argumento que mantenga en vilo las vicisitudes de unos personajes a los que tiene que dotar, además de ideas, de credibilidad existencial y emocional. Este problema es común a toda novela de ideas, por cierto, pero se agudiza al reducirse el formato, pues los personajes se convierten a menudo en simples portadores ideológicos del narrador o de sus supuestas contrapartes filosóficas, al no haber espacio suficiente para la elucidación y el desarrollo dramático. De otro lado, la dificultad concierne a las ideas mismas. Las novelas que consiguen involucrar al lector en la vida de sus personajes suelen limitarse a un problema específico o enhebrar de modo sutil su trasfondo filosófico con el decurso narrativo. Pienso, un tanto al azar, en novelas como La muerte en Venecia de T. Mann o en Cándido de Voltaire, o, más cerca del mundo eidético de nuestro autor, Visita a Godenholm de E. Jünger. Dichas novelas no se expanden sobre enteras metafísicas o sistemas éticos, sino que concentran su energía narrativa en una cuestión particular, a la que suelen utilizar más como motivación o incitación de la narrativa que al revés.

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El río subterráneo que nos une

Frans van den Broek 

Tras el éxito de su primer libro sobre su experiencia marroquí, “The Caliph’s House”, Tahir Shah acaba de publicar una secuela del mismo, “In Arabian Nights: A caravan of Moroccan dreams”. Llamarlo secuela es sólo en parte cierto, pues el libro gira no tanto en su propia experiencia de inmigrante británico en el reino de Marruecos –si bien está lleno de personajes, vistas, olores y colores del Maghreb-, cuanto en un tema que ya había ocupado al padre del autor durante toda su vida, a saber, la importancia de los cuentos e historias populares en la manutención espiritual de las culturas tradicionales, y la necesidad de rescatarlas no sólo del olvido, sino de la categorización en que las hemos fosilizado y apartado.

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De zambos deszambados

Frans van den Broek

La trágica muerte de Michael Jackson no pudo sino recordarme un viejo hábito asociativo que casi se me había desvanecido con el tráfago de los años. Desde que Jackson empezara su triste metamorfosis racial, cada vez que topaba con su nombre o que lo veía en televisión o escuchaba su música venía a mi memoria el corrosivo cuento del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, autor al que suelo volver, como ya sabe el lector de este blog, llamado “Alienación (cuento edificante seguido de breve colofón)”. A quien lo lea le resultará obvia la conexión y son muchos los que la han hecho, sin duda. No todos los cuentos de Ribeyro son fáciles de encontrar en España, sin embargo, y para beneficio de quienes aún no lo conocen voy a resumirlo y comentarlo.

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Vergüenza y moral: el shucaque

Frans van den Broek 

Uno de los libros más interesantes del filósofo Bernard Williams está dedicado al tema de la vergüenza, y lleva como título precisamente ‘Shame and necessity’. No lo menciono aquí con la intención de exponer su contenido, mucho del cual se me escapó de todas formas, sino porque su lectura me llevó una y otra vez antes que al mundo de los griegos, del que trata, al mundo de los Andes que conozco desde mi infancia. Mi familia procede de Celendín, una ciudad en la sierra norte del Perú, unos cien kilómetros más allá de Cajamarca, lugar que el lector recordará –espero- por sus lecciones de historia de la conquista del Perú, pues fue allí donde el Inca Atahualpa se dejó ingenuamente capturar por Francisco Pizarro y allí adonde hizo llevar su astronómico pago de rescate –pago que hace de los actuales piratas somalíes niños de teta- y allí donde fue traicioneramente ajusticiado, a pesar del cuarto lleno del oro que había hecho traer de todas partes de su imperio. Estos hechos, por su valor simbólico, no son irrelevantes, como se verá.

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Achoramiento y destino: nota al margen

Frans van den Broek

La sociología peruana desarrolló, según creo ya haber dicho en este blog, el concepto de la cholificación para dar cuenta del fenómeno de la migración masiva a las ciudades y el proceso de adaptación del indio a las duras condiciones de vida de las mismas. Quizá no haya novela peruana que haya descrito este proceso en términos más desgarradores que la obra de José María Arguedas “El zorro de arriba y el zorro de abajo”, sobre todo porque la propia figura del narrador aparece retratada a través de unos diarios que evidencian el trauma psíquico ocasionado por este proceso, que le llevan finalmente al suicidio. Como se sabe, Arguedas provenía de la sierra, pero de padres de clase acomodada, y era de piel blanca. Se crió, no obstante, entre indios, cuya lengua aprendió y en cuya cultura enraizaron sus sentimientos, pues la madrastra lo había confinado a vivir con los sirvientes. Más tarde, a fin de educarse, emigró a la ciudad, y fue tratado como serrano –esto es, de manera humillante-, a pesar de su piel, ya que el acento y las emociones lo traicionaban, por lo que él pudo experimentar directamente los efectos dislocadores de esta confrontación cultural y racial.

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Eurovisión o la perplejidad del oyente

Frans van den Broek

Uno no debería dedicarle a este asunto más que un somero comentario en una tarde de copas con amigos, o tal vez una efusión de sobremesa más con el objeto de llenar el tiempo que de decir algo que sobrepase el nivel de los sonidos, pero de alguna manera el tema se impone a la conciencia como una vieja culpa o como una declaración de impuestos que no se acaba rellenar. A decir verdad, ¿qué hace uno mirando Eurovisión en primer lugar? Debo confesar que a pesar de la urticaria cerebral que me produce su contemplación y no obstante mis denodados intentos de ausentarme para el mundo en el día de gracia de su celebración, año tras año me veo inevitablemente enfrente de la televisión para regalarle a Cronos las tres horas que cuesta enterarse del ganador, tras haber soportado a los representantes de la nueva Europa perpetrar sus engendros musicales. Confieso que, además, disfruto del proceso, opinando sobre las canciones, haciendo apuestas sobre posibles ganadores y, al final, comprobando durante la fiesta democrática de la votación que los bloques culturales europeos son cualquier cosa menos papel mojado y que la estética y la democracia no son categorías siempre bien avenidas.

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¿Culturas o coartadas ?: integración en Europa

Frans van den Broek

La historia de muchos inmigrantes en Europa comienza de la manera más obvia: habiendo nacido en el país inadecuado. Mejor dicho, en la cultura inadecuada, porque los países son vastas abstracciones cuyos habitantes, en general, pertenecen a tribus distintas y muchas veces saben poco o nada del resto. Las culturas, en cambio, tramontan las fronteras y residen en la mente de los seres humanos, y las mentes, como el espíritu, soplan donde quieran. O donde las dejan, al menos. Nacer en Malawi no es lo mismo que nacer en Suecia, pero más importante que nacer en Malawi o en Suecia es nacer en la familia correcta, en la clase correcta, ir al colegio correcto, a la universidad correcta, al trabajo correcto. Por correcto quiero decir decente y por decente, mínimamente respetuosos de lo que reconocemos en nuestra cultura como derechos inalienables del individuo. No todo el mundo tiene ese privilegio, y ciertamente no todos los inmigrantes que arrivan a estas tierras con la esperanza de transformar sus destinos para bien. Lo correcto también significa, lamentablemente, la inevitable injusticia de nacer como parte de las redes sociales privilegiadas de cualquier país, pero aquí hablo de derechos mínimos y de aspiraciones humildes, como el derecho al trabajo y a alimentar a la propia familia, la posibilidad de una educación accesible y satisfactoria, la certeza de que la ley sirve para proteger y no para explotar, y la libertad de tomarse unas cervezas en la puerta de la casa los domingos, sin temor a que el próximo bestia que tuerza la esquina le pegue a uno un tiro sin remilgos.

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Nasruddin o la sabiduría del idiota

Frans van den Broek

 

En tiempos antiguos –la figura es conocida en nuestra cultura sobre todo desde la Edad Media- las cortes reales solían adscribir a una persona la peculiar función de ser capaz de burlarse de todo en la cara de todo el mundo, sin temor a castigos o represalias (al menos, en principio). Conocemos a este personaje con el nombre de bufón, pero en ingles se le conoce como “jester”, nombre que puede ser significativo por sus orígenes, como veremos. El objetivo de la burla no era el puro entretenimiento, sino que el humor estaba al servicio de la verdad y de la prudencia, no pocas veces, como sabemos todos, la primera víctima de incontables situaciones políticas y personales. Las cortes, como ahora los séquitos gubernamentales, estaban llenas de personas cuya principal preocupación era congraciarse con el monarca o mantenerse como objeto de sus favores y simpatía, lo que afectaba la objetividad de sus consejos y precluía la sinceridad en las conversaciones de los que detentaban el poder. El bufón podia circumvenir estos impedimentos por la licencia de que gozaba en los ojos del Rey o Reina, a lo que el humor añadía la necesaria ligereza y aquel efecto disolvente de límites que se le conoce desde siempre.

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La teta asustada o el ojo de la papa

Frans van den Broek 

El mundo cultural peruano –minoritario, huelga decirlo- y el mundo mediático –que no es lo mismo, también huelga decirlo- han recibido con natural alborozo la premiación de la película de la compatriota Claudia Llosa, “La teta asustada”, con el prestigioso Oso de Plata del Festival de Cine de Berlín en su última edición. Hasta donde puedo saberlo, jamás le había tocado a alguna película peruana semejante honor, por lo que el acontecimiento ha adquirido la cualificación de histórico nada más ocurrir, razón por la que escojo dedicarle un comentario más bien deslabazado a la película, pues me ha suscitado impresiones que trascienden su calidad propiamente fílmica, de la que se ocuparán los especialistas.

 

Claudia Llosa –como sospechará el lector, pariente del escritor Vargas Llosa- había concitado ya la atención crítica por su primera película, “Madeinusa”, que explora una curiosa costumbre indígena en cierto pueblo de la sierra peruana durante los días de Semana Santa, y sus consecuencias en una serie de personajes. Al parecer, existe todavía algún pueblo marginal de los Andes, donde una bizantina conclusión teológica ha dado origen a la tradición que estipula que, dado que Jesucristo ha muerto en Viernes Santo, y por tanto Dios también, durante los días siguientes y hasta su resurrección el día domingo, todo está permitido, incluido el incesto de un padre con su hija, o la entrega carnal de una nativa a un forastero capitalino de paso por el pueblo que le ha resultado atractivo. Además, dichos días los embriagados esposos del pueblo pueden intercambiar esposas sin temor a machetazos o excomuniones, y todo el pueblo se sumerge en una especie de orgía carnavalesca donde toda frontera social o moral se ha desvanecido. Resucitado el Verbo, todo vuelve a su lugar y todo se olvida piadosamente.

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