Juanjo Cáceres
En las calles de Roma se fraguaba una traición. Puede que realmente alguien advirtiese a Julio Cesar de que debía guardarse de los idus de marzo, pero nada impidió que el dictador romano acabase entrando igualmente en el edificio del Senado, y con su magnicidio, también en la eternidad. La tradición romana nos legó una historia detallada de su asesinato, así como de sus motivaciones: Cesar, proclamado dictador vitalicio, coqueteaba cada vez más con la idea de erigirse en monarca, relegando al Senado a una mera cámara consultiva compuesta, principalmente, por aduladores.
España se parece mucho a la antigua Roma. Heredamos su idioma y le debemos una gran parte de nuestro acervo cultural, convirtiendo ciertos municipios en monumentales ciudades, que sin su herencia hubieran caído hace mucho en el mayor de los olvidos. Puede que todo ese legado no nos haya dejado solo el arte de regar los campos, sino también el de la traición. Puede que a Yolanda también la advirtieran del complot que se tramaba, pero no llegó a ser del todo consciente de la lógica del mismo. Los conspiradores hacía tiempo que hablaban entre ellos, pero no se atrevían a dar el paso, ni se sentían lo bastante fuertes, ya que una maquinación requiere de todos los elementos necesarios para prosperar.