Lope Agirre
Casi desde que tengo uso de razón, o lo que se le parezca, siento atracción hacia los traidores. No diré que me gustan; dista de ser verdad. Soy, desde la más tierna infancia, aficionado al cine, y me he dado cuenta, después de haber visto miles de películas, de que el de traidor es un negocio con muy poco futuro; vamos, que no cotiza ni cotizará en Bolsa, o omo se le llame ahora, aunque algún día pueda formar parte del «selectivo Ibex». Casi siempre acababa con un tiro (a veces en la frente, y mira que hace falta puntería), o colgado de la rama más gruesa de un solitario árbol (generalmente el único de la comarca), o ahogado en la mar salada. El héroe también terminaba fatal sus días; generalmente lo mataban; como consecuencia de la nefasta y nefanda acción traidora. Pero, para nosotros, jóvenes románticos, el héroe era y sería siempre el héroe, aún después de muerto: y el traidor, por tanto, despreciable y repugnante. En aquella época no amábamos a los perdedores por serlo; sino por ser buenos; por ser, a la postre, vencedores. Del mismo modo, nos parecía sorprendente que el traidor, pudiendo ser héroe, bueno por tanto, amable y amado por las mujeres, elogiado por los maestros, ponderado por los sacerdotes, escogiera ser malvado, vil y rastrero. No entendíamos; y una idea que no es entendida camina por su cuenta, da vueltas por el desierto de las dudas, y se pierde, sin encontrar el camino de regreso: ni siquiera una fuente, oiga, donde saciar su sed. Queríamos entender porqué el traidor era traidor; y el héroe, héroe.