Millán Gómez
El Parlament de Catalunya ha decidido por mayorÃa absoluta prohibir las corridas taurinas en aquella comunidad autónoma. Después de años de debate, a partir de 2012 no se podrán celebrar corridas en las plazas catalanas. Todo ello, como era de esperar, ha provocado una gran controversia pues más allá del debate ético o más o menos a favor del derecho de los animales se ha suscitado un enfrentamiento que concierne a aspectos más identitarios y simbólicos que propiamente éticos. AsÃ, por parte de la derecha polÃtica se ha querido ver como un nuevo capÃtulo en la supuesta aniquilación que el nacionalismo catalán con el apoyo explÃcito o implÃcito de los socialistas pretende realizar contra todo aquello que huela a España. En cambio, defensores de la práctica taurina y asociaciones antitaurinas han mostrado sus puntos de vista con un componente mayoritariamente ético y no tanto influido por la polÃtica propiamente dicha. Fuera de la clase polÃtica, no existe tal catarata identitaria como sà pretenden fomentar nuestros representantes soberanos.
Como en todo, hay opiniones para todos los gustos. La condición de gallego de un servidor dificulta su afición a los toros. En mi tierra tan solo se han celebrado ocho corridas taurinas durante el último año. Me aborrecen. Son una tradición anacrónica y humillante para el animal. Además, siento un profundo miedo por la integridad fÃsica del torero y del toro. No lo puedo evitar. Mi posición favorable a la prohibición no impide mi sentimiento de tristeza para quienes aman de forma bienintencionada esta tradición y lo sienten como propio. De todos modos, a la hora de tomar decisiones polÃticas debemos ser lo más objetivos posibles y obviar el componente sentimental que es intrÃnseco a la condición humana.