Mimo Titos
En España tenemos un total de 14 fiestas al año, entre nacionales, autonómicas y municipales. Además tenemos un mes de vacaciones pagadas por cada 11 meses trabajados y dos dÃas de descanso por semana. Disfrutamos por tanto de una situación absolutamente privilegiada en lo que se refiere al equilibrio trabajo-descanso, que a mà particularmente me parece una de las conquistas más importantes Estado del Bienestar con el que hemos decidido gobernarnos. SÃ, la sanidad y educación gratuitas son básicas, y el derecho a la vida y a la integridad fÃsica lo son aún más. Pero el derecho al descanso es también esencial para poder desarrollarnos como personas, como miembros de una familia, como amigos, como creadores, como vagos…
Ahora bien, en nuestro ordenamiento jurÃdico no existe el derecho al puente, o al acueducto cuando el calendario se confabula. Y sin embargo, la sociedad española asume los puentes como si de un derecho se tratara. El que más y el que menos pide unos Moscosos, cambia el turno con el compañero, falta a clase, concentra las gestiones y se las pira de puente encantado de la vida, como si se tratara de la cosa más natural del mundo.
Pues no lo es. Al contrario, es un hábito social profundamente perjudicial. Nefasto para el crecimiento económico, nocivo para la educación, lesivo para los servicios de salud, para la creación… Algún lector – serán pocos porque hasta los blogs sufren de puentes – se sorprenderá y los más exclamarán un qué me quiten lo bailao, y a otra cosa mariposa.
Pues no, que se sepa que esto de los puentes es algo bastante excepcional que “sufre†la población española casi en exclusividad. Allende nuestras fronteras son muy pocos los paÃses que gozan de una semana laboral de 5 dÃas, un mes de vacaciones y 14 fiestas de guardar. Pero incluso los que lo hacen ordenan su calendario de una forma mucho más eficiente. La más tÃpica es el traslado de cualquier fiesta que caiga en semana al lunes inmediatamente siguiente, o al viernes. Otros establecen una semana entera de vacaciones a mitad del calendario invernal y otra en primavera, que vienen bien a las familias, a los trabajadores y a los estudiantes, y no perjudican a la sociedad en su conjunto.