Pólvora en gallinazos: reflexiones al vuelo

 Frans van den Broek

 

 Desde que tengo memoria escuché de cuando en cuando una conseja cuyo orígen me es desconocido, pero que sospecho es la adaptación local de alguna conseja universal. Dice algo así como que no hay que gastar pólvora en gallinazos. Para el que la ornitología peruana le sea desconocida, aclaro que un gallinazo es una especie de buitre, hasta no hace mucho bastante común en la capital de Perú, adonde le atraían los grandes basureros municipales y la inveterada costumbre nacional de poner la basura en la calle con alegre e inocente incivilidad, para regocijo del bestiario citadino, desde perros a ratas, sin olvidar a cucarachas, gatos o, perdóneseme el darwinismo, incluso seres humanos en estado de privación total. Los gallinazos formaban parte de este panorama del subdesarrollo, y los recuerdo con claridad merodeando alrededor de la basura acumulada en alguna parte, o soleándose en los techos o terrales vacíos. Son bastante feos, la verdad, y si se dice que los pájaros cantores son las flores del mundo animal, estos han de ser algo así como los cáctus o espinares del mismo. Poco en ellos inspira simpatía, aunque su condición de carroñeros pueda inspirar, tal vez, la compasión que nos merecen los caídos. Son aves calmas, de tamaño mediano para su género, inocuas para los humanos, tímidas y hasta torpes, o al menos eso parece. Además, son indigeribles y sus graznidos se acercan más al ruido que a la música. Por todo ello, meterles un tiro no tiene sentido y es mejor dejarlas en paz a que se encarguen de nuestros restos e inmundicias. El sentido de la conseja mencionada es claro, por tanto: a asuntos sin valor, no hay que dedicarles ninguna energía, y menos aún esforzarse en atacarlos, porque es una pérdida de tiempo o una simple estupidez.

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