¡Ya era hora!

Aitor Riveiro

El debate de investidura que se vivió ayer en el Parlamento de Vitoria siguió el guión más o menos previsto, lo que no le quita un ápice de importancia a lo ocurrido: tras 30 años de gobierno nacionalista, el País Vasco tendrá, por fin, un lehendakari socialista, gracias al apoyo que Patxi López recibió del Partido Popular y de UpyD.

La noticia surgió por la tarde, en el turno de réplicas. El aún presidente en funciones, Juan José Ibaretxe, anunció que abandona la política activa. El hecho de que, también en este caso, el gesto fuera más o menos previsible tampoco le resta valor y supone, por encima de todo, el final de la deriva que el nacionalismo vasco inició en 1998 con el Pacto de Lizarra-Estella y que el anterior presidente del PNV, Josu Jon Imaz, trató de dinamitar desde dentro, con el resultado por todos conocido.

Patxi López se enfrenta ahora a una tarea que será cualquier cosa menos sencilla. El pacto que PSE y PP alcanzaron para propiciar la investidura del primer presidente no nacionalista no garantiza la estabilidad institucional que los cambios que precisa la Comuniad Autónoma Vasca requeriría. López se enfrentará, en minoría, a una cámara que en un amplísimo porcentaje se opone a sus iniciativas políticas y, lo que es peor, el PNV, mayoritario en el Parlamento, parece no haber admitido aún que, pese a ser el partido más votado de Euskadi, ya no ostenta el poder.

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