¿Culturas o coartadas ?: integración en Europa

Frans van den Broek

La historia de muchos inmigrantes en Europa comienza de la manera más obvia: habiendo nacido en el país inadecuado. Mejor dicho, en la cultura inadecuada, porque los países son vastas abstracciones cuyos habitantes, en general, pertenecen a tribus distintas y muchas veces saben poco o nada del resto. Las culturas, en cambio, tramontan las fronteras y residen en la mente de los seres humanos, y las mentes, como el espíritu, soplan donde quieran. O donde las dejan, al menos. Nacer en Malawi no es lo mismo que nacer en Suecia, pero más importante que nacer en Malawi o en Suecia es nacer en la familia correcta, en la clase correcta, ir al colegio correcto, a la universidad correcta, al trabajo correcto. Por correcto quiero decir decente y por decente, mínimamente respetuosos de lo que reconocemos en nuestra cultura como derechos inalienables del individuo. No todo el mundo tiene ese privilegio, y ciertamente no todos los inmigrantes que arrivan a estas tierras con la esperanza de transformar sus destinos para bien. Lo correcto también significa, lamentablemente, la inevitable injusticia de nacer como parte de las redes sociales privilegiadas de cualquier país, pero aquí hablo de derechos mínimos y de aspiraciones humildes, como el derecho al trabajo y a alimentar a la propia familia, la posibilidad de una educación accesible y satisfactoria, la certeza de que la ley sirve para proteger y no para explotar, y la libertad de tomarse unas cervezas en la puerta de la casa los domingos, sin temor a que el próximo bestia que tuerza la esquina le pegue a uno un tiro sin remilgos.

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