Depresión

Lope Agirre

El jueves pasado, por circunstancias que no vienen al caso, pero que a la postre tuvieron una deriva aventurera, pues amanecí en Santander, cuando era lo último que quería hacer, me acerqué a Bilbao. Llegué hacia el mediodía en autobús y como tenía que hacer, o deshacer, tiempo, antes de tomar otro transporte al lugar al que quería ir y luego no fui, me dediqué, en medio del vaivén y el ajetreo comunes a tal lugar, a observar con curiosidad la actividad que en aquel omento tenía ocupados a cientos de personas sin cesar. Partían autobuses a distintos lugares de la geografía (¿estatal?), pero llegaban muchos más. Algo debía de tener el espectáculo de admirable, porque había más de una cámara de televisión rondando y acechando los andenes, como cierta clase de personajes, vecinos de toda la vida, “muy amables y educados”, hasta que se descubre que han sido detenidos y que se les acusa de acechar a jóvenes que bajan del autobús con la inocencia prendida en el rostro. Tampoco es raro el hecho de que haya cámaras en la estación de autobuses de Bilbao, porque la sede de EITB no está lejos. No hay más que seguir el rastro de los cristales rotos, es un decir, por la enésima bomba explotada. Cerca de donde me encontraba, plácido y curioso, había un periodista, porque no siempre suelen ir cámara con periodista, en el mismo lote, como va la tortuga llevando su caparazón, como Sísifo llevaría su piedra, digo yo. A veces, la cámara suele estar sola y como abandonada, rodando y rodando, vayan ustedes a saber para qué, y da pena. El periodista acercaba el micrófono a las personas que bajaban del autobús y les hacía preguntas, no demasiadas, porque veía la cara que ponían los que bajaban y se apiadaba de ellos, o ellos del periodista, no sé. Había una pregunta que se repetía y era que si estaban tristes por la derrota. El periodista estaba triste por la derrota, se le notaba, y por eso, tal vez, fuese asimismo triste la pregunta sobre la tristeza. Las respuestas que yo escuché en ese momento eran tristes también, no de la misma clase de tristeza que la del periodista, eran más tristes aún, y más profundas en su tristeza.

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