«Memorias de un hombre de madera», de Andrés Ibáñez

Frans van den Broek 

No es común que una novela de corto aliento consiga dar intensidad narrativa a problemas de índole metafísica o espiritual. La dificultad es, de un lado, técnica: al comprometerse con la forma novelística, el narrador tiene que encontrar un argumento que mantenga en vilo las vicisitudes de unos personajes a los que tiene que dotar, además de ideas, de credibilidad existencial y emocional. Este problema es común a toda novela de ideas, por cierto, pero se agudiza al reducirse el formato, pues los personajes se convierten a menudo en simples portadores ideológicos del narrador o de sus supuestas contrapartes filosóficas, al no haber espacio suficiente para la elucidación y el desarrollo dramático. De otro lado, la dificultad concierne a las ideas mismas. Las novelas que consiguen involucrar al lector en la vida de sus personajes suelen limitarse a un problema específico o enhebrar de modo sutil su trasfondo filosófico con el decurso narrativo. Pienso, un tanto al azar, en novelas como La muerte en Venecia de T. Mann o en Cándido de Voltaire, o, más cerca del mundo eidético de nuestro autor, Visita a Godenholm de E. Jünger. Dichas novelas no se expanden sobre enteras metafísicas o sistemas éticos, sino que concentran su energía narrativa en una cuestión particular, a la que suelen utilizar más como motivación o incitación de la narrativa que al revés.

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