Ich bin ein berliner

Barañain 

Volví a Berlín hace unos días. Me hubiera gustado haber compartido con los berlineses la conmemoración del derribo del muro -que se celebra esta semana-, pero tuve que adelantar el viaje. Disfruté una vez más con esa  fantástica ciudad. Amable para el paseante. Cosmopolita. La monumentalidad clásica característica de las grandes capitales europeas queda aquí limitada  a un par de magníficas plazas en el centro histórico, en el entorno de la universidad Von Humboldt, a la isla de los museos y a la Puerta de Brandenburgo. A sus pies se extiende la avenida Unter Den Linden (“Bajo los tilos”, los que cortaron los nazis porque oscurecían sus desfiles)  lo poco que queda de la época prusiana tras dos guerras mundiales, un régimen comunista y veinte años de unificación. A falta de monumentalidad (de la clásica, digo, porque el Berlín  es hoy  todo un escaparte de la “alta costura” de la arquitectura actual), lo mejor de la ciudad es su espíritu activo, su vivísimo ambiente y, como dicen las guías turísticas, su continua metamorfosis: esa ilimitada capacidad de autoinventarse que la hace exponente permanente de la modernidad.  Sigue leyendo