El error Aguirre

Aitor Riveiro

El orgullo es lo que tiene, que obnubila las mentes y hace cometer errores estratégicos no forzados ya sea por precipitación, por ninguneo del rival, por sobrestimación de las fuerzas propias o por las tres cosas a la vez.

El mes de octubre de 2009 puede pasar a los anales de la política española como el que terminó con las aspiraciones de Esperanza Aguirre, quien pensaba que sus rivales directos, esto es el resto de barones y líderes de su propio partido, estarían demasiado ocupados con lo suyo y temerosos de su poder como para enfrentarse a cara descubierta con la ‘lideresa’.

Septiembre terminó con Mariano Rajoy y Francisco Camps inmersos en una guerra cuasi fratricida. El uno le debe al otro continuar al frente del PP y éste a aquél controlar el aparato del partido en Valencia como paso indispensable por si sus aspiraciones presidenciales no las colmaba la Generalitat. Gallardón, por su parte, tiene suficiente con bregarse con su formación en Madrid, donde los ‘aguirristas’ le amargan la vida cada vez que levanta la cabeza: sin el partido no eres nadie.

Aguirre creyó entonces que se abría de nuevo el hueco que se le había cerrado en 2008. Con Rajoy y Camps discutiendo sobre quién es o deja de ser el secretario general del PP valenciano, lanzándose comunicados contradictorios a la cabeza y arrebatándose mutuamente la legitimidad, la presidenta de Madrid lo vio claro: era el momento de asaltar las plantas altas de Génova.

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