BarañaÃn
Hace unas semanas hubo mucho revuelo por el intento del Ayuntamiento de Vic de impedir el empadronamiento de inmigrantes en situación irregular; no lo ha habido tanto, ni muchÃsimo menos, por el lamentable episodio ocurrido en la localidad de Cunit (Tarragona), pese a que ambos asuntos pueden considerarse, en cierto modo, como las dos caras de una misma moneda. O como dos enfoques, igualmente distorsionados y preocupantes, de los problemas derivados del impacto social de la inmigración sobre todo si los inmigrantes pertenecen a grupos étnicos como el magrebÃ, en los que el bajo nivel cultural y el fundamentalismo de su religión musulmana dificultan su integración social.
En Cunit, ha llegado a los tribunales la denuncia de Fatima Ghailan, marroquà y musulmana, que trabaja como “mediadora social†para su Ayuntamiento, por el acoso padecido por parte de algunos miembros de la comunidad islámica, entre ellos el imán y el presidente de la asociación islámica de la localidad. El acoso se inició nada más conseguir la vÃctima el empleo municipal. El hecho de estudiar un master, trabajar, hablar un castellano y un catalán perfectos, no cubrirse con pañuelo, conducir su propio vehÃculo, relacionarse con personas no musulmanas, etc. eran, a ojos de los fanáticos, rasgos tan intolerables de su pecaminoso estilo de vida occidental que intentaron no sólo intimidarla a ella sino conseguir tanto su despido por parte del ayuntamiento como su aislamiento social y el de su familia en el seno de la comunidad magrebÃ.