Frans van den Broek
La primera obligación de un escritor de novelas de contenido histórico, con personajes reales, cuya existencia es conocida y ha adquirido un estatus simbólico, como es el caso de la novela en cuestión, es convencernos de que no ha cometido una apropiación indebida. En este mismo blog se ha discutido el asunto, instigados por la preocupación moral –legÃtima, a mi parecer- de Ricardo Parellada sobre la pertinencia de utilizar caracteres históricos para forjar historias en las que su vida interior, sus más Ãntimas motivaciones y deseos, constituyen el meollo de la trama. Las opiniones estuvieron divididas, como no podÃa ser menos, pero si algo quedó en claro es que la literatura, mediante el artilugio de la libertad creativa, no podÃa eximirse de la responsabilidad ética que supone poner en la boca y la mente de dichos personajes palabras, pensamientos y emociones cuya realidad irÃa a compulsarse en términos de verosimilitud retórica, antes que de correspondencia epistemológica. Un escritor puede escribir lo que le dé la gana, por supuesto, pero al hacerlo sobre seres que han vivido realmente, tiene que hacerlo por buenas razones, algunas de las cuales exceden las premisas de una buena narrativa y se extienden al más fangoso terreno de la verdad y sus consecuencias. Este es el principal problema, creo, de “El sueño del Celtaâ€, y es en su ambigüedad al respecto que residen sus virtudes y sus defectos.
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