De lo trivial

Juanjo Cáceres

Desde hace varios años, existe una tensión palpable en los medios informativos, derivada del giro copernicano que están experimentando algunas cuestiones que ocurren en el mundo. A punto de cumplirse cinco años del inicio del confinamiento y del despegue de la pandemia, ya no resulta precipitado afirmar que el mundo que surgió después es peor que el que dejamos atrás. Las ruinas de Ucrania o Gaza así lo demuestran, pero también el crecimiento de las fuerzas políticas extremistas, el cuestionamiento de los consensos civilizatorios más básicos o de las maneras de hacer más arraigadamente democráticas, el derrumbe de los nuevos movimientos sociales como brújula de este siglo (desde la lucha climática que tuvo en Greta Thunberg su principal expresión, hasta la nueva ola de feminismo) y sobre todo, la indiferencia y ensimismamiento de una ciudadanía, que consciente o no de las amenazas emergentes, opta por asistir a todo ello como espectadora de un entretenido reality televisivo.

Entretanto, la velocidad que cobran los acontecimientos impulsa a los sacerdotes de nuestro tiempo a realizar nuevos diagnósticos de la realidad, pero sin reparar lo bastante en lo tremendamente descolocados que estamos ya todos para interpretar el presente con una cierta objetividad. El apresurado desenlace que empiezan a mostrar los grandes conflictos es quizás la mejor prueba del divorcio entre nuestras previsiones y la realidad. Releyendo, por ejemplo, las palabras expresadas por nuestro presidente del gobierno en el pasado, no nos puede quedar ninguna duda:

“Putin tiene que saber que las sanciones durarán hasta que se retire de Ucrania” (28/2/2022). ¿Lo recuerdan? Las sanciones más duras de la historia, que iban a enseñar al “dictador” ruso que no se puede saltar las reglas del juego internacional.

“En esta legislatura España reconocerá oficialmente el Estado palestino… la única manera de que el conflicto palestino-israelí pase a la senda de la paz y la seguridad” (9/3/2024) Sigue leyendo