Mal rollo

Lobisón

Hasta hace unos meses la política económica de los países occidentales seguía un curso racional. Frente a la crisis económica, y especialmente la crisis bancaria y de crédito que se produjo tras la quiebra de Lehman Brothers, los gobiernos habían rescatado a los bancos afectados, inyectado liquidez y ampliado las medidas anticíclicas con estímulos a la inversión y al consumo. El resultado era un crecimiento del déficit, a veces —como en España o el Reino Unido— por encima de dos dígitos. La idea era recuperar primero la senda del crecimiento y luego reducir esos déficits, cuando la mayor actividad económica aumentara los ingresos fiscales y redujera el gasto provocado por el desempleo.

Para los economistas ortodoxos —antikeynesianos— que han dominado el pensamiento durante las dos últimas décadas, sin embargo, ésta era una estrategia equivocada, que debía provocar un repunte de la inflación —pese a que durante muchos meses el mayor riesgo ha sido una deflación como la que apuntilló a Japón en los años noventa— o que abocaría a una crisis de deuda. Por tanto había que parar y reducir el déficit cuanto antes, se hubiera regresado o no al crecimiento. La experiencia histórica del intento de reducir el déficit antes de tiempo, durante la gran recesión de los años treinta, mostraba sin embargo que, por muy cara y desagradable que fuera la medicación, retirarla precipitadamente podía matar al enfermo.

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