Frans van den Broek
A comienzos de la década pasada, cuando trabajaba para una organización de ayuda a extranjeros en Holanda, tuve oportunidad de preguntarme por primera vez de manera profesional cuál era la mejor manera de ayudar a la integración de los habitantes procedentes de otras culturas. Con anterioridad habÃa experimentado el problema de modo personal, como simple extranjero tratando de encontrar un lugar en la sociedad que me acogÃa. Después de haber vivido en España unos años, esto resultaba una novedad para mÃ, pues aunque España no era mi paÃs, la integración para un sudamericano era entonces relativamente fácil, y aún no se publicaban aquellos anuncios de oferta de pisos en los que se especifica: “sudamericanos abstenerseâ€. Ni habÃa tantos extranjeros, por supuesto (hablo de la segunda mitad de los ochenta). Y aunque el acento delata, el idioma es común, lo que ayuda mucho. Al contrario, siempre me sentà muy bien acogido en España, y si de algo debo quejarme, es de mi estupidez para no haber hecho mejor uso de dicha hospitalidad y haberla agradecido lo suficiente.