A Cospedal no le salen las cuentas

Barañaín

 Lo característico de una democracia madura es que la alternancia en el gobierno se produce de forma nada traumática y los protagonistas del cambio lo asumen con normalidad, de acuerdo con unas reglas del juego pacíficamente preestablecidas. Eso implica  entre otras cosas, y es habitual recordarlo, que quienes compiten por el poder se reconocen mutuamente como “adversarios” y no como “enemigos”.

 El traspaso de poderes entre gobierno y oposición es una rutina cuya naturalidad nunca debiera perderse, ni siquiera cuando la alternancia se ha hecho esperar demasiado, por comprensibles que sean la ansiedad y hasta un cierto deseo de revancha. Lo de “conquistar el poder” suena engañoso porque no cabe que el nuevo gobierno, por el hecho de serlo, pretenda algo así como inventar el mundo. Y es bueno que así sea. Consolidada la democracia y su sistema institucional, quien alcanza el  gobierno asume la gestión de una administración pública con un funcionamiento ya muy engrasado en el que ni cabe esperar sorpresas notables ni es aceptable utilizar la nueva posición conquistada como una plataforma desde la que perseguir al derrotado, haciendo leño  del árbol caído.

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