El ritmo de los negros

Frans van den Broek

Si usted es español, seguro que habla mucho, es orgulloso, toma sangría, y dice todo el tiempo: “mañana, mañana”. Y es probable que hasta baile flamenco y haga siesta después de las comidas, no sin antes haberse tomado una copa entre risas con los amigos y haberle hecho el amor a su consorte. Menos mal que allí están los finlandeses, que no hablan nunca y bailan solo tango, y los alemanes, que prefieren decir “ayer, mejor que hoy día” y trabajan como posesos. Y para ritmo, el de los negros.

Estereotipos como estos los conoce todo el mundo, como no fuera más que por la sencilla razón de que uno mismo los utiliza y nutre cotidianamente, y de que uno, lo quiera o no, está lleno de prejuicios. De lo contrario, la vida sería casi imposible. Otra cosa es que se los reconozca como tales. Por qué esto es así es materia de debate, pero entre las muchas razones que se han aducido para explicar esta tendencia humana se encuentra nuestra natural proclividad a la categorización, mecanismo cognitivo que hace posible el pensamiento y que nos permite crearnos un universo familiar en el que habitar con soltura. O para decirlo de modo heideggeriano (quien no pudo evitar uno que otro prejuicio nazi), para hacernos de una casa en la expansión infinita del ser. Así lo postuló uno de los estudiosos seminales del prejuicio en la psicología, Gordon Allport, quien en su libro “The nature of prejudice” atribuye a este modo operacional de la mente el origen de la necesidad de prejuzgar a nuestros semejantes.

Sigue leyendo