Frans van den Broek
El gobierno holandés se apresta a hacer realidad uno de los sueños húmedos del polÃtico Geert Wilders, el de la extraña melena y espÃritu de incordio, quien tiene maniatado al gobierno en un régimen curioso que no es precisamente una alianza, sino una especie de acuerdo de permisividad (referido con el mismo término que se usa para describir la polÃtica de drogas) que deja gobernar a la coalición sin ser parte de ella, con tal de que ciertas polÃticas se implementen. Uno de los capÃtulos en los que ha insistido Wilders es el de la inmigración y la medida a la que me refiero forma parte de esta actitud negativa para con los inmigrantes de paÃses no occidentales, especialmente los islámicos. Se trata de la cacareada prohibición de los velos que cubran la cara, bien dejando los ojos libres o cubriéndola por entero, como la burka. Desde que se implante la ley no será posible usar estas prendas, so pena de multa y, me imagino, juicio en caso de reincidencia y resistencia.
Los argumentos avanzados por los propulsores de esta ley son que el rostro es instrumento esencial de comunicación y su ocultamiento la impide, entorpeciendo, por tanto, la fluidez semiótica de la fábrica social (no es que lo hayan expresado de esta manera, pero démosles cierto crédito a sus creadores). Otra razón dada es que el velo y la burka no forman parte de la cultura holandesa e impiden, además, la integración de las minorÃas. Y por último alegan el carácter simbólico del velo en lo que respecta a la opresión de las mujeres en las sociedades islámicas.