Frans van den Broek
Hay algunos libros cuya lectura posponemos bajo la ingenua suposición de que iremos a leerlos alguna vez de todas formas. Pero los dÃas se hacen semanas, luego meses y llegan los años y el olvido o la desidia concurren a su negligencia. En el caso en cuestión, me tomó más de dos décadas reinstaurar el libro de Jünger entre mis prioridades de lectura y esto solo por casualidad. Andaba en busca de un libro para regalar de un autor cuyo nombre comenzaba con H (la escritora Hustvedt para más señas, esposa del afamado Paul Auster) y he allà que el libro del alemán me sonreÃa irónicamente desde un lugar equivocado. ¿Qué hacÃa en ese anaquel alborotando los designios del alfabeto? Si debo atender a su contenido, es probable que alguna fuerza misteriosa lo hubiera llevado hasta dicha letra y dicha librerÃa para incitar mi conciencia; si atiendo a mi sentido común, me inclino por algún comprador desatento o un empleado ineficiente. Como fuera, lo compré, pues hacÃa tanto tiempo que tal autor se habÃa esfumado de mi universo intelectual que no pude evitar tomar el incidente como un signo de los hados y, además, mi sólida educación cristiana me indujo la culpa que nos producen las promesas no cumplidas y vaya uno a saber cuándo volverÃa a tener la oportunidad. Tal vez tuviera que vérmelas con el mismÃsimo Jünger una vez descartado este frágil envoltorio corporal y reunidas las almas en el jardÃn de los bienaventurados, y si algo he aprendido en este valle de lágrimas es a no contrariar a un alemán. Y si no me creen, pregúntenle a la Merkel.