Julio Embid
Imaginemos un partido muy partido donde sus afiliados se agrupan por pueblos y barrios. Imaginemos un barrio donde se escoge un delegado por cada cincuenta militantes a los congresillos de ida[1] o congresazos de vuelta[2]. Imaginemos que en ese barrio, Santa Justa, (como el de los Serrano), se enfrentan en la primera asamblea en enero los GarcÃanos y los Lopecistas (partidarios de GarcÃa o de López) para escoger los delegados al congresillo de ida. Se llama por teléfono a todos los afiliados cincuenta veces para convocarles a que no pueden faltar el próximo sábado por la tarde a una apasionante asamblea donde tras cuarenta intervenciones de personas y personajes con serias carencias afectivas en casa, se pasa a votar por la lista de Pérez o la lista de López. Dos semanas después ese millar de delegados de todos los pueblos y barrios se reúnen en un auditorio enorme para discutir un dÃa entero si hay que apoyar a GarcÃa o López como próximo secretario general[3]. Da igual porque los garcÃanos son muy leales a GarcÃa y los Lopecistas lo son a López tanto o más. A la mayorÃa de la militancia este ‘Congresillo’ se la trae floja y a la mayorÃa de la ciudadanÃa, simpatizantes o no, se la trae al pairo, si los GarcÃanos ganan 60-40 o 53-47. A los que están allà no, les va el sueldo y la letra de la hipoteca.