La desigualdad a la vista (y al tacto, al gusto, y al olfato)

Alberto Penadés

Vaya por delante que si bien entiendo el placer que se siente al dar viento al rencor de clase, y en seguida daré ejemplo, en el fondo me resultan interesantes los dandis, los personajes de Fitzgerald y mucha gente fina. Además, creo que la sociedad de consumo es liberadora, y que venerar una marca comercial es menos dañino que venerar una reliquia religiosa o, si me apuran, una patria. Es una razón más de la afinidad de la miseria con las dictaduras. En España ha habido algunos ricos muy interesantes, mi último descubrimiento es el barcelonés Mauricio Wiesentahl, cuyos amenos libros de viajes y recuerdos recomiendo mucho. Es el tipo de persona que podía convencer a su padre de que por el precio de estudiar un año en París podía alquilarse un viejo palacio, con un sirviente, en Marrakech, ese mismo tiempo, y hacerlo (y dedicarse a cultivar el árabe, la música, la poesía y las artes amatorias). Envidio y, en cierto modo, encuentro admirables a aquellos miembros de la clase ociosa que dedican su tiempo a cultivar habilidades y gustos que son muy intensivos en eso mismo, sea la música, las lenguas o los viajes lentos.

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