Frans van den Broek
Hace una semana sucedió lo que tenía que haber sucedido tiempo atrás, o mejor dicho, no debiera haber sucedido nunca: la caída de un gobierno cuya razón de ser era espuria y vana. No se puede tener un gobierno por el solo hecho de tenerlo, sino porque va a gobernar, o al menos eso es lo que estipulan la constitución y el sentido común. Pero el gobierno holandés del anodino Mark Rutte estaba destinado, en el mejor de los casos, a medio gobernar y a entregarse al ejercicio de banalidad política en que se ha convertido la tradición consensualista de los holandeses. Un consenso en el que se han diluido los antagonismos naturales que deben jalonar las opciones políticas de cualquier país que se respete. Pero no, con tal de gobernar, aceptaron estar en las manos del veleidoso Wilders de la extrema derecha y al hacerlo le concedieron un espacio que debiera estar en manos de fuerzas políticas con ideas claras sobre lo que significa hacer oposición si es necesario o equilibrar el espectro político guiadas por opciones éticas sobre las que no cabe hacer concesiones. Tal como fueron las cosas, era cuestión de tiempo la llegada del momento en que Wilders decidiera tentar acciones políticas más decididas y desestabilizadoras, para el pasmo de sus co-gobernantes, o quizá debiera decir, gobernados (por él y su partido).