Del ágora sombría

Frans van den Broek

Desde que escuchara hablar por primera vez, allá en la lejana adolescencia, de aquellos barbudos que se encaminaban al ágora para ponerse a charlar y debatir sobre lo divino y lo humano, y sobre todo de aquel tábano de Atenas que, con impertinencia sin precedentes, se dedicaba a poner en entredicho las creencias y convicciones de sus conciudadanos con la simple estrategia de la inquisición desprejuiciada, sentí deseos de ir a conocer aquel país que, me decían con arrobo mis educadores, era la cuna de la civilización occidental y fuente de la filosofía y las ciencias. Mis ganas se atizaron aún más cuando, años más tarde, se cruzó en mi camino la filosofía, pues estaba obligado a llevar asignaturas de letras como parte de mis estudios de biología y nuestra facultad de ciencias, cosa curiosa, tenía un pequeño departamento de filosofía al que asistían a enseñar luminarias del panorama intelectual limeño, como Francisco Miró Quesada o David Sobrevilla, y decidí entonces inscribirme en algunos de sus cursos más por necesidad práctica que por vocación. Pero no pude resistirme a la pasión de don Francisco al enseñar filosofía, la que conseguía transmitir como quien cuenta la trama de una novela policial, pues seguíamos sus palabras magnetizados por la narrativa con la que lograba hilar los más áridos argumentos, los que adquirían en su boca los atributos de personajes literarios y la dinámica de las leyendas y los mitos. Recuerdo con emoción nostálgica su exposición de La República de Platón –sin nota alguna, sabiéndose los capítulos de memoria, hasta los detalles más ínfimos-, tras la cual me sentí griego y quise ir a luchar contra Troya para recuperar a Helena y lavar el honor mancillado. Si alguna vez iba a Europa, me dije, tenía que pisar suelo griego, como no fuera más que para agradecer las sentencias de Heráclito y las ironías de Sócrates con el simbólico gesto de musitar algún pasaje de Aristóteles enfrente del Partenón.

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Arriba ese ánimo

Alberto Penadés

Ayer mismo me enteré por un amigo de una producción de TVE que, como homenaje a Gila, ha escogido este título alarmante. Gila realmente se habría partido de la risa y habría hecho grandes chistes negros. Lo imagino al teléfono repitiendo eso de “chico, es que como en España no se vive en ninguna parte”.  Acuciado por esta imagen, le he dedicado un rato a leer tres informes (referencias abajo) que comparan España con otros países en cuestiones subjetivas, objetivas y hasta intangibles. Comparto aquí una breve reseña.

En 2007 España era el país más satisfecho con su situación general  como país y con su economía de los ocho países en los que el centro PEW de investigación hacía la pregunta: EEUU, GB, Francia, Alemania, Italia, Polonia y República Checa, además de en España.  Y con diferencias muy notables: si el 51% de los españoles estaba satisfecho, solo lo estaban el 33% de los alemanes o el 25% de los estadounidenses. Entre 2007 y 2012 la satisfacción con el propio país ha caído  41 puntos (de 51 a 10) y la satisfacción con la economía  59 (de 65 a 6). En picado, de los más contentos  a los más desgraciados, salvo Grecia (que no estaba incluida en 2007, y donde literalmente casi nadie cree que  la situación sea buena).  Alemanes, franceses y estadounidenses están ahora más satisfechos con su país que hace cinco años, aunque solo entre los Alemanes ha crecido el número de quienes piensan que la economía  está en buena situación.  A los españoles se nos calienta la boca fácilmente, pero de vez en cuando la realidad nos corrige.

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El oficio del cocinero

Julio Embid

Cada oficio tiene un lenguaje propio. Una jerga que solo entienden los duchos en la materia. Los agricultores hablan de labrar, regar, podar, esclarecer, sulfatar. Los abogados saben de incoar, elevar, recurrir, apelar, eximir o desacatar. Los informáticos entienden que son un archie, bootear, un kernel, un plug-in o si es mejor un shareware o un software. En la cocina se fríe, se asa, se reboza, se empana y se salpimenta, pero también se piensa.

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