Comparaciones odiosas

Lobisón

Bajo este mismo título publicó ayer una columna en El País Ignacio Sánchez-Cuenca. Se trata de comparar la evolución y la situación actual del PSOE y del partido laborista, partiendo de que este tipo de comparaciones son siempre injustas. Y el rasgo que más salta a la vista de esa comparación es que los laboristas británicos llevan 10 puntos de ventaja en los sondeos a los conservadores, mientras que el PSOE sigue por debajo del PP pese al desplome de éste por debajo del 30%.

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El Gran Bonetón

Frans van den Broek

Una de las experiencias más peculiares de mi vida me ocurrió en posición horizontal. No, no me refiero a lo que constituye sin duda una de las fuentes de experiencias peculiares más buscada, el goce amoroso -aunque no es raro que se convierta en lo contrario, en experiencia rutinaria y expeditiva, pero esto es otro cantar-, sino a algo que me ocurrió nada más despertar de un sueño que no recuerdo si fue por la noche o por la tarde. El hecho al que me refiero es el siguiente: nada más despertar escuché música, muy cerca, como un radio a volumen suave, cuyo origen traté de buscar en la mesa de noche o en la habitación. No había nadie alrededor ni nada que pudiera dar cuenta de lo que escuchaba, pero el sonido lo sentía claramente fuera de mi cabeza, como cercano a mi oído. Se trataba, para más señas, de música salsa, con los metales completos tronando la melodía, la percusión a todo ritmo, las cuerdas bien armonizadas, una verdadera orquesta de salsa tocando un tema que jamás había escuchado. Esto último es crucial para lo que quiero comentar: entre mis muchos defectos no se cuenta el de no poder recordar una melodía o canción escuchada con anterioridad. Es más, no es incomún que una melodía escuchada solo una vez permanezca en mi memoria para siempre, no sé por qué. Hay quien recuerda números de placas de automóviles o los nombres de todos los soldados de su división. Mi caso es mucho más humilde: si he escuchado una canción, puedo reconocerla la próxima vez que la oiga, en común con muchos mortales, me imagino. Pues bien, la bendita melodía que estaba sonando con fruición y misterio a unos centímetros de mi cabeza no la había escuchado jamás y no sonaba nada mal. Quiero decir, sonaba como una canción salsa en toda regla, como escuchada en un CD, con todos sus instrumentos bien arreglados, sus inflexiones, sus tumbos y sus bajos. Podría ser que la hubiera escuchado subliminalmente y grabado en mi memoria sin ser consciente de ello. Tengo la completa seguridad, sin embargo, de que la canción era nueva, compuesta por mi cerebro, pues tampoco la he vuelto a escuchar jamás. Pero si esto es así, ¿quién demonios la había compuesto? ¿De dónde venía? ¿Quién era el sujeto autorial, el creador de dicho tema?

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Un espléndido arranque

Barañain

Si no fuera porque a veces se le ve por la tele (aunque no estemos ya seguros de si se trata realmente de él o de una caricatura suya) o porque se ve obligado a dedicar unas horas al breve repaso semanal del día a día de su partido con Dolores de Cospedal (aaag) o incluso alguna mañana entera a menesteres tan apasionantes como compartir un viaje en AVE  con Artur Mas, bien podría decirse de Rajoy que su reino no es de este mundo. 

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El fin del mundo

Pedro Luna Antúnez

Recuerdo la primera vez que escuché hablar a alguien en catalán. Corría el año 1981 y yo estudiaba 3º de EGB en un colegio público de Hospitalet de Llobregat. El primer día del curso se presentó una joven maestra con unas gafas enormes de cristal redondo y empezó a dar la clase en catalán. Yo tenía ocho años y hasta entonces nadie me había hablado en catalán. Aquel día apenas pude seguir el hilo de la clase. Sin embargo, a las pocas semanas ya llamaba “senyoreta” a la maestra. No fui el único en aprender catalán en la escuela. Para millones de catalanes como yo, cuya lengua materna es el castellano, la escuela fue el vínculo gracias al cual aprendimos la lengua del poeta Martí i Pol. Los idiomas se pueden aprender en la escuela y en la calle. No fue mi caso. Yo, que crecí en un barrio castellanohablante, sólo tuve la escuela. Es posible que me deje llevar por la nostalgia hacia ese mundo de realismo mágico que es la infancia. Pero 31 años después sólo tengo palabras de agradecimiento hacia la escuela de mi infancia y hacia la “senyoreta” de las gafas grandes a quien jamás olvidaré.

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El Partido X, ¿esto va en serio?

José D. Roselló

Iniciábamos esta semana, que viene a ser la que marca el comienzo del año informativo, con la curiosa noticia de un supuesto nuevo partido político: “Partido X, partido del futuro”.  Debe ser por la sed de novedades, pero ocuparon un buena parcela en los medios de comunicación con algo que no se sabe  todavía si va en serio o si se trata de una tomadura de pelo monumental.

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La Arena

Julio Embid

Hace unos  años estuve en el Madrid Arena en la entrega de unos premios deportivos. Me pareció el típico pabellón de deportes, para eventos pequeños, y mal situado, en mitad de la Casa de Campo, lejos del Metro y con malos accesos para vehículos. Nunca pensé que iba a ser utilizado para una macrofiesta como si fuera una discoteca.

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Náufragos en Yucatán: encuentro frente a conquista

Alberto Penadés

Que sepamos, el primer encuentro entre españoles y los pueblos del Yucatán fue tan brutal como se podía esperar. Para la historia nacional, vale como decir encuentro con México. Del lado castellano, los actores no fueron ni Hernández de Córdoba, ni Grijalva, ni por supuesto Cortés, sino unos náufragos. Fueron también las primeras víctimas. Posiblemente veinte, incluyendo a dos mujeres, perdidos en un viaje entre el Darién y Cuba. Importan mucho los dos sobrevivientes.  El uno,  Jerónimo de Aguilar, fue más tarde lengua de Cortés. Fraile al parecer, y de Écija. Por él hablaba Cortés a la Malinche, y mediante ella a los méxicas. El otro fue el renegado  Gonzalo Guerrero, hombre de armas y de mar, de Palos de Moguer.  Luchó junto a los mayas y contra los españoles, por muchos años, hasta que lo mataron. Sus historias las dejo para una próxima entrada.

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Cuéntame lo que pasó

Frans van den Broek

Hace ya algunos años a alguien se le ocurrió la idea de remover la estatua de Pizarro de la Plaza de Armas de Lima (idéntica a la que se encuentra en la ciudad de Trujillo en España), ya que en lugar de adornarla, la habría estado mancillando y ofendiendo. La razón era clara para quienes decidieron tal remoción: mal hacía el ayuntamiento en conmemorar actos tan crueles y traumáticos como la conquista, por lo que la estatua ecuestre debía irse. Al final, remover la estatua costó al erario municipal sus buenos cuartos (creo recordar que muchos miles de dólares), pero el hecho no ocurrió sin polémica. ¿No era Pizarro parte inevitable de nuestra historia, lo quisiéramos o no? ¿O era legítimo eliminar símbolos de hechos vergonzosos?

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