Julio Embid
Hay veranos que se recuerdan por una canción, la famosa canción del verano. Otros, por una fotografía. Este verano en Zaragoza quizá quede en la memoria por una persiana bajada: la de la piscina municipal de Torrero. En plena ola de calor, cuando el valle del Ebro vuelve a convertirse en una sartén de asfalto, a 42 grados al mediodía, 40.000 vecinos han visto cómo uno de los pocos lugares donde combatir las temperaturas desaparecía este verano de su vida cotidiana.
Torrero no es un barrio cualquiera. Es uno de esos lugares populares del extrarradio que explican una ciudad entera. Un barrio construido con el esfuerzo de quienes desde los pueblos de Aragón llegaron buscando una vida mejor, de trabajadores que levantaron sus casas, sus asociaciones y sus redes de solidaridad. Un barrio popular, con memoria obrera, acostumbrado a que los derechos nunca lleguen solos, sino después de pelearlos.
La historia de Torrero está ligada al agua. Al Canal Imperial de Aragón, esa gigantesca obra faraónica ilustrada que transformó Aragón, desde Tudela hasta El Burgo y que tuvo al aragonés Ramón Pignatelli como su gran impulsor a finales del siglo XVIII. El canal no fue solo una infraestructura hidráulica: fue una promesa de progreso, de riqueza y de futuro. Las antiguas playas de Torrero fueron durante décadas un espacio de encuentro para los zaragozanos.
Pero Torrero también es la historia de las contradicciones. El barrio del canal y del agua fue también el barrio de la cárcel, del cementerio y de los márgenes de la ciudad. La antigua prisión forma parte de su memoria, como también el cementerio, un lugar cargado de historia y memoria democrática. También es el barrio de la reivindicación. El de quienes han defendido los Pinares de Venecia, el entorno natural y sus espacios comunes frente a proyectos que muchas veces olvidan que una ciudad no es solo suelo disponible, sino lugares donde la gente vive. Y es el barrio que durante décadas miró con cariño, y también con preocupación, ese viejo parque de atracciones que forma parte de la infancia de generaciones enteras, pero cuya historia reciente también ha estado marcada por conflictos laborales y debates sobre el futuro de casi un centenar de personas que pueden ser despedidas en un ERE.
Por eso el cierre de la piscina de Torrero tiene un significado que va mucho más allá de una instalación deportiva cerrada. En un barrio cuya historia está unida al agua, resulta especialmente simbólico que sus vecinos tengan que reclamar algo tan básico como poder refrescarse. Las piscinas municipales son uno de esos lugares donde una ciudad demuestra si entiende que el bienestar no puede depender del código postal ni de la cuenta corriente. Allí coinciden durante unas horas quienes tienen vacaciones y quienes no las tienen, quienes pueden escapar del calor y quienes solo cuentan con ese espacio público para hacerlo. Y juntos, aprenden a nadar.
El calor tampoco afecta a todos por igual. No es lo mismo atravesar una ola de 42 grados desde una vivienda amplia con climatización y espacios exteriores que hacerlo desde un piso pequeño, en un barrio densamente construido y sin posibilidad de escapar durante el verano. Por eso la lucha contra el cambio climático también es una cuestión de justicia social: porque las administraciones tienen la obligación de garantizar que las condiciones de vida dignas no dependan de la renta de cada familia.
Porque el cambio climático ya no es una advertencia lejana y en el valle del Ebro sabemos perfectamente qué significa. Significa noches sin dormir, calles que acumulan calor, veranos cada vez más largos (desde San Jorge hasta El Pilar) y temperaturas que convierten salir a la calle en una prueba de resistencia. La adaptación climática no puede limitarse a campañas de consejos o mapas de refugios: necesita barrios preparados, sombra, agua y espacios públicos abiertos.
Al contrario de lo que decía la canción de Amaral “aún quedan días de verano”. Y es imprescindible que el Ayuntamiento se ponga las pilas para reabrir las piscinas de Torrero. Una ciudad no se mide solo por sus grandes proyectos y sus campos de fútbol. Se mide por algo mucho más sencillo: si una niña puede bañarse en su barrio cuando Zaragoza arde a cuarenta grados; si una familia puede encontrar un lugar donde pasar la tarde sin pagar una entrada imposible; si una persona mayor puede refrescarse cerca de casa. Torrero nació alrededor del agua. Su principal fiesta desde 1982 es la Bajada del Canal. Quizá por eso resulta tan simbólico que sus vecinos tengan que reclamar algo tan básico como poder disfrutar de ella.