Salto a la fama

Lope Agirre

No todos valemos para todo. Es algo evidente; no para todos, claro. Hay quien se cree que vale para todo, y hay quien se cree que no vale para nada. Ambos son dignos de conmiseración, y ambos tienen algo de tartufos. Son, en cierto sentido, hipócritas. No hay peor forma de orgullo que el exceso de humildad; ni peor forma de humillarse que excederse en la propia estima.

 

Para ser excelso o notable en la actividad a la que nos dedicamos, en cuerpo y alma, sea cual sea, hacen falta talento, esfuerzo y suerte, mucha suerte, sobre todo. En tiempos más sublimes que los actuales, o cuando el sentimiento religioso no estaba tan enmascarado en lo cotidiano, a quien se consideraba privado de las virtudes necesarias para el desempeño de un trabajo se le disuadía sin brusquedad, con bastante delicadeza, casi con dulzura: “Dios no te ha llamado por ese camino”. Y el que creíase llamado para realizar grandes proezas ante Dios y grandes servicios ante los hombres, agachaba la cabeza y desistía de seguir por la senda de sus sueños. La vocación, amigos, era en definitiva la instancia decisoria, la llama que alumbraba la divina providencia.

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