Saber perder, saber ganar

Barañain

El 2 de marzo pasado,  tras las elecciones vascas, concluía mi comentario en Debate Callejero diciendo que, en realidad, “lo noticioso, lo que hará memorable esta jornada electoral es que haya ocurrido lo que es normal en cualquier democracia asentada. Que en Euskadi, por fin, tras casi tres décadas de hegemonía nacionalista, haya alternancia política”.

 

La alternancia en el gobierno  es una de las señas de identidad, si no la mayor, de las democracias. Pero lo cierto es que cuesta asumirla con naturalidad  cuando se ha  estado disfrutando de un poder continuado durante mucho tiempo. Abandonar el poder puede resultar casi agónico. No ya, o no sólo,  por la dimensión propiamente política del hecho, sino por la repercusión que tiene sobre la vida de  multitud de personas abocadas a buscarse empleo tras una larga trayectoria de desempeño de cargos públicos. Para el perdedor, la alternancia suele ser, además, un eficaz revulsivo que sacude sus estructuras internas: una oportunidad para la revisión de ideas y estilos y para determinar qué personas serán las adecuadas para liderarlo.

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