Un comunista romántico: Nazim Hikmet

Frans van den Broek

Hay géneros literarios cuya definición es uno de sus principales obstáculos. La novela política es uno de ellos, me parece,  no tanto por la dificultad de conseguir una explicación adecuada de sus contornos narrativos o temáticos, sino por las asociaciones de todo tipo que evoca, desde conceptuales hasta emotivas. Durante su historia, la novela política ha ido recogiendo demasiadas excrecencias, diríase, y no todas de las que promueven su consumo. En este caso el problema tiene que ver con la historia del sub-género que se dio en llamar realismo socialista.

Como se sabe, el realismo socialista produjo un par de obras maestras y una marea de basura literaria, al menos según el consenso de la mayoría de los críticos. Las razones son varias, pero sobre todo por la presión asfixiante de una ideología que achataba los personajes y las situaciones narrativas hasta el acartonamiento. Si la literatura tiene que evitar algo, es el maniqueísmo y la unidimensionalidad, características en las que el realismo socialista destacaba. Y esto por la sencilla razón de que el ser humano, hasta el más idiota de entre nosotros, es complejo psicológica y socialmente, y mal puede hacer para reflejar esta complejidad una literatura que pretende reducirlo a su posición dentro del sistema social o la lucha de clases. Toda novela, hasta la más realista, es ficción, no cabe duda, pero siempre existe la posibilidad de reflejar mejor o peor aquello que llamamos vida, y las novelas del realismo socialista sólo reflejaron, en general, la vida aplastada de sus escritores.

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