H2S3
Ayer tuve el placer de guiar a un grupo de conocidos por la ciudad vieja de Jerusalén y pese a que, una vez más, no fui objeto de un repentino ataque de espiritualidad ni ante el Muro de las Lamentaciones, ni a la puerta de la Explanada de las Mezquitas ni tampoco dentro del Santo Sepulcro (más bien al contrario), me asaltaron una serie de pensamientos filosóficos que me voy a permitir tratar de transcribir.
El primero serÃa que cuanto más se empeñan los religiosos de cualquier condición en profundizar en sus diferentes manifestaciones religiosas, más se parecen los unos a los otros. Los cientos de ultraortodoxos judÃos vestidos con largos trajes negros se distinguen entre ellos por mil detalles mientras se dan de cabezazos contra el muro. SefardÃes los unos, asquenazÃes los otros, ultrasionistas la mitad, antisionistas la otra (el Estado de Israel fue creado heréticamente por el Hombre en vez de por Dios como dicta la Biblia y, por tanto, el MesÃas no vendrá hasta que no desaparezca…), todos son iguales de fanáticos, no ya a ojos del turista poco avezado sino a los de la inmensa mayorÃa de los israelÃes judÃos (no olvidemos que hay casi un millón y medio de árabes con pasaporte israelÃ), que ven en ellos a una pléyade creciente de parásitos de un Estado al que no contribuyen con sus impuestos – no trabajan, sólo estudian la Torah- y del que reciben ingentes subsidios.