Austeridad, dice el Gobierno

Barañaín

 Nunca he sido muy partidario de esa típica apelación española al “chocolate del loro” con la que tendemos a desdeñar cualquier intento de ahorro o racionalización de costes en las empresas en general y particularmente en el sector público, sobre todo cuando el esfuerzo ahorrador se centra en lo que tenemos más próximo. Nos ponemos estupendos criticando la medida concreta que afecta a nuestro entorno laboral más inmediato mientras  invocamos otras necesidades, supuestamente más imperiosas y  a la vez, eso sí,  más “lejanas” en el tiempo y en el espacio.

 Por poner ejemplos cotidianos: ¿Que en cualquier dependencia pública se quiere limitar el uso a mansalva por todo quisque de las fotocopiadoras para imprimir documentos personales sin relación alguna con el trabajo? ¿Que se sugiere la conveniencia de apagar las luces al salir, por aquello del ahorro energético? ¿Que se pretende reducir la supermillonaria factura de teléfonos móviles en un hospital limitando su uso a quienes  objetivamente tienen necesidad de disponer de los mismos y acotando su consumo? La respuesta defensiva ante  cualquiera de esas humildes iniciativas de ahorro está asegurada de antemano: “¡eso no es más que  el chocolate del loro!” dirán los aludidos derrochones, para, a continuación, advertir apuntando a niveles más altos que “¡mejor sería que se controlaran otras cosas más costosas!”.

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