A mi nadie me dice…

Lobisón

La reacción de la opinión pública a la reducción a 110 Km/h de la velocidad máxima de circulación no ha sido precisamente favorable. Esto tiene varias explicaciones, siendo la primera lo inesperado de la medida. Es difícil saber por qué un gobierno acusado hasta el hartazgo de improvisación anunció la reducción sin haber preparado previamente el terreno, explicando la vulnerabilidad de la economía española a la factura petrolífera y el riesgo inminente de una fuerte subida de ésta. Habría sido mucho más sensato, en buena lógica, comenzar por exponer estos hechos, anunciar después un plan de medidas, y aprobar luego éstas, todas, en un Consejo de Ministros, sin adelantar la impopular e inesperada reducción de velocidad.

Una vez dicho todo esto, llama la atención cuál ha sido la reacción de un sector importante de la opinión pública: ‘A mi nadie me dice a qué velocidad tengo que conducir mi coche’. De entrada, esto es un disparate. En España, y en muchos otros países —con la llamativa y tan citada excepción de Alemania—, los ciudadanos siempre han tenido un límite de velocidad, y lo único que cambia esta medida es la cifra límite. ¿Por qué esta reacción tan airada?

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